José Velásquez

Los últimos 100 días de Lenin

15 de febrero de 2021 00:00

El poeta estadounidense Henry Longfellow solía decir que “todo llega para el que sabe esperar”. Pero al presidente Lenin Moreno lo seguimos esperando y parece que no llega. Quiero creer, eso sí, que se trata de una persona bien intencionada.

Entra a su recta final con un índice de aceptación microscópico, empujado en parte por esa retórica envenenada que lo ficha como el gestor del “peor gobierno de la historia”. Es verdad que Moreno caminaba desde el primer por un pantano disfrazado de paraíso, aunque no es menos cierto que su falta de reacción en momentos cruciales y su afición por las contradicciones fueron redefiniendo su reputación.

El correísmo no le perdona haberse fugado de la secta dejando en indefensión al verdadero heredero. Sin embargo, a la vuelta de la esquina terminó ocupando la vicepresidencia una enemiga íntima como María Alejandra Vicuña. De hecho, cuando decidió limpiar la casa, dejó sin barrer más rincones de los que se esperaba: por donde se pasaba el dedo, salía el polvo del populismo. Alinear de entrada a Carlos de la Torre no fue jugar con uno menos sino con uno en contra. Mantener tan cerca del despacho a Johana Pesántez fue un deporte de alto riesgo inmensamente innecesario.

Se fue quedando solo el presidente cuando se desembarcaron voluntariamente o a la fuerza los embajadores del inquilino previo, y así fue perdiendo cintura y muñeca. El arribo de Ruptura le dio algo de músculo para avanzar, pero la orfandad partidista lo puso muchas veces a la deriva en el Legislativo. El gobierno no siempre tuvo esos interlocutores eficientes para lograr acuerdos con los partidos, los sectores y los movimientos. Eso quedó claro en octubre de 2019.  

Muchas quejas habrá en la gestión rústica y tardía; no obstante al presidente Moreno hay que reconocerle que intentó por todos los medios desmantelar el andamiaje del correato. Se quedó con el partido (aunque luego lo perdió), dejó que la Fiscalía actúe, apadrinó la renovación de las autoridades de control y, entre otras cosas, tenemos por fin una Corte Constitucional que no baila la música de Carondelet.

En política internacional reaccionó al capricho geopolítico de Patiño y despachó a última hora al hacker que insultaba y chantajeaba desde Londres. Dejó sin piso (literalmente) a la Unasur y se desmarcó del Alba y otras fantasías estériles cuya única razón de ser era la plataforma panfletaria. Se despertó del espejismo de Bielorrusia, Irán, Venezuela y reconstruyó puentes con los organismos multilaterales que en esta pandemia nos salvaron los platos. Le abrió las puertas a la migración venezolana, quizás sin tanto orden.

Con el arribo de Otto Sonnenholzner encontró un socio para intentar ponerle fin al déficit fiscal y proteger a la dolarización a pesar del inminente suicidio político. Se satanizó el acercamiento con el FMI porque es más fácil criticar lo impopular que reconocer la estrechez económica. Se criticó mucho el volumen de la deuda cuando la bola de nieve empezó a rodar con furia en la década anterior.

Está claro que el precio del petróleo reportó caídas históricas y que la pandemia nos puso un cuchillo en el cuello, pero no hay que olvidar que más de una vez nuestros profesores y personal médico sufrieron retrasos en sus pagos. Hubo despidos y reducción de jornada laboral.

Ese brote de casos de corrupción de los insumos y medicinas en plena crisis del covid-19 sembró dudas sobre el proceder de autoridades y el dinero desaparecido de los ahorros de la Policía es un episodio de audacia que en cambio cuestiona la eficacia de los sistemas implementados. Mientras tanto, la delincuencia lleva un par de años de luna de miel.

El presidente Moreno no siempre tuvo buen ojo para elegir a sus colaboradores y, casi siempre, se desgastó mientras esperaba que su equipo haga un mejor trabajo. Los casos más patentes son los de la exministra de salud Catalina Andramuño y sus dos millones de pruebas que no llegaron, y Alexandra Ocles y sus kits de alimentos.

La lista de los tropiezos es quizás más larga que la de los aciertos, pero al menos este no es un gobierno mafioso ni revanchista ni feudal. No hay un patrón de la hacienda ni un sumo pontífice ni un jeque con séquito. Y si estoy escribiendo esta columna en un medio público es porque pese a las críticas y a los desacuerdos se respeta la diversidad de criterios y la libertad de expresión.

El poeta Longfellow también escribió alguna vez que hay que “mirar al pasado sin aflicción porque no vuelve. Sabiamente mejorar el presente porque es vuestro. Y avanzar al encuentro del ensombrecido futuro sin miedo y con un corazón valeroso”. Que a Moreno lo juzgue la historia sin favores.  

 

 

 

 

 

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