Los repetidos ‘18 brumarios’ de la justicia ecuatoriana

- 07 de diciembre de 2016 - 00:00

Está en el bolerismo más clásico aquello de las cuatro puertas abiertas, de par en par además, para la humanidad de a pie: hospital, cárcel, iglesia y cementerio. Se canta en ‘El juego de la vida’, de Raymond Medina, convertida en lírica de cierto fatalismo rebelde por Daniel Santos, retrata el destino inexorable de la ciudadanía de derechos reducidos. Los habitúes de El Porteñito, un lugar esmeraldeño de todos los conversatorios, diríamos que faltó una quinta puerta: la justicia. De esa se ocupa el hermano Félix Preciado Quiñónez, en el libro Justicia y el poder político en el Ecuador. El libro se lee bien y rápido, pero el retrato realista del sistema judicial no se va, porque cumple no solo una función de ‘historiar’, más que eso es historicidad. Resumiendo: perspectivas, conceptos y procesos de la aventura (mala o buena) del oficio institucional de la justicia ecuatoriana.

Los epígrafes delatan la intención intelectual de F. Preciado Quiñónez, hay uno en el capítulo II, corresponde a Karl Marx, dice que “… estas leyes orgánicas fueron promulgadas más tarde por los amigos del orden, y de todas esas libertades reguladas, de modo que la burguesía no chocase en su disfrute con los derechos iguales de las otras clases”, p. 23. Los intereses de las clases sociales ecuatorianas (parapetadas en gremios, cámaras y partidos políticos) buscaron en el repetido pretexto de ‘despolitizar la justicia’ convertirla en su propio departamento legal para el dominio social y económico de las riquezas del país. El objetivo fue alcanzado. La desigualdad de derechos beneficia al dueño de la balanza de la justicia por apropiación real y efectiva del destino político de la mayoría ciudadana. Y en esos arranches se pasaron las últimas décadas. Unas veces con tanquetas a las puertas del edificio de la Corte, repartos entre los partidos representados en el Parlamento y hasta con referéndums. “Pero al tiempo que se ha deslegitimado la justicia, en igual medida ha acontecido con el poder político”, p. 24, Preciado Quiñónez muestra la ecuación de la perdurable tragicomedia.

Las manchas de malicias en el ‘poder judicial’ fueron (aún las hay) tantas que su verdadero poder estaba en las casas de los adueñados del poder político reaccionario; esa fue la puerta que faltó al bolero. Félix Preciado, actual vicerrector académico de la Universidad Técnica de Esmeraldas, completa el cuadro reciente: la quiebra del Estado de derecho de una democracia liberal, por la subordinación de la institución de la justicia a objetivos político particulares. Esa servidumbre causó el “deterioro de la imagen de un poder judicial convocado (desde siempre, JME) a garantizar los derechos y libertades ciudadanas…”, p. 27.

En el marxismo del siglo XXI se denuncia la actual desposesión de bienes de las comunidades negras e indígenas, ¿ocurre lo mismo en la justicia? Esta jam-session no consume toda la lectura del texto de este hermano. (O)