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José Velásquez

Los antivacuna

01 de marzo de 2021 00:00

Difícil es poder distinguir los colores en medio de esta noche llamada pandemia, sobre todo si a la muerte y al miedo se le suman la ignorancia y el fanatismo. En este primer año de tragedia el motor del mundo ha sido una versión del optimismo más conservador y, sobre todo, mejor informado. El problema es que cada vez hay más gente pesimista que profesa cualquier leyenda que escucha en la esquina.

La única explicación que tengo para una persona antivacuna, salvo que esté amparada por un principio religioso, es esa tendencia del siglo 21 de cuestionar todo aquello que esté avalado por la ciencia, el sistema o el gobierno de turno.

Y aunque creamos que en Ecuador no adolecemos de ese mal porque no hemos visto masas humanas gritando en las esquinas en contra de la vacuna, sabrán que estamos rodeados de contreras. Primero fue del dióxido de cloro y la defensa a cargo de sus profetas en redes sociales e incluso en sus programas de noticias y opinión. La comunidad científica encendió las alertas, pero ese fue el gesto que esperaban los teóricos de la conspiración para seguir auspiciando lo absurdo. Luego remataron con la Ivermectina y aunque hay casos de éxito (o coincidencias afortunadas), no abundan estudios serios que comprueben la eficiencia de este antiparasitario aplicado comúnmente a animales. Lo que sí existe es una intensa promoción en chats con publicaciones falsas sobre supuestos endosos de la OMS, del CDC y la FDA.

Es que no hay que ser literalmente un antivacuna para ser un enemigo de la evidencia y defensor del prejuicio y el chisme. Admiramos e incluso envidiamos la eficiencia chilena, pero cuando descubrimos que la mayor parte de su dotación de vacunas no vino de Europa o de Estados Unidos, nos salen ronchas. El antivacuna puede estar perdido 3 días en el desierto, y cuando lo rescatan y le ofrecen una bebida hidratante bien podría rechazarla alegando que los colorantes fueron inventados para hacerte más dócil y dejarte dominar por el estado. Ese mismo escenario se replica de manera tangible por estos días en el país.

Y por supuesto, en medio de la confusión abunda el odio y la frustración. La gente elige las retóricas y las reproduce sin filtro. El exministro de salud Juan Carlos Zevallos no se fugó, simplemente se fue porque no tenía ningún impedimento legal para hacerlo. La inmensa antipatía ganada por su hermetismo, por la lentitud del plan de vacunación y por una distribución llena de favoritismos, no lo convierte formalmente en un prófugo de la justicia. Al menos no todavía. ¿Por qué se insistió tanto entonces en la tesis de la fuga? Supongo que es porque a mucha gente le encanta tener enemigos platónicos e incluso convertirse en activista de causas feroces; quizás por eso somos una sociedad que vota tan mal cada que nos paramos frente a una urna electoral.

Dicho sea de paso, la campaña también está marcada por esta actitud terraplanista que va en contra de la evidencia y que niega la historia para torcer los hechos a la medida del fanatismo. Mientras tanto nos atrincheramos en nuestras posturas antialgo para crear comunidad y tener la oportunidad de enfrentarnos para descalificar al que piense distinto. Después de todo, la “verdad” adaptada a nuestra agenda personal nos asiste, aunque algunas de nuestras cruzadas estén reñidas con la razón. Y si en este primer año de pandemia no aprendimos por las malas, supongo que seguiremos coqueteando con el error (queriendo o sin querer), y equivocándonos insistentemente hasta que los daños del cloro de la necedad resulten ya irreversibles. (O)

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