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Ecuador/Mié.21/Abr/2021

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José Velásquez

Los ahijados

05 de abril de 2021 00:00

En el urgente camino al desarrollo el debate suele girar en torno al continuismo o el cambio. Lo primero busca darle un empuje sostenido a un proceso incluso a pesar de posibles tropiezos; lo segundo es el reconocimiento del modelo agotado y la necesidad de implantar una alternativa.

Es un dilema de paciencia y sostenibilidad que, por ejemplo, lo sufren los hinchas del fútbol todas las temporadas. Hay técnicos que no están a la altura del reto pero son ratificados inexplicablemente en sus cargos y hay otros que se van pero dejan a alguien de su confianza para mantener el proceso”. Eso casi nunca funciona ni en la cancha ni en la oficina ni en la administración pública. Pero de esos casos está hecha nuestra política cómplice, mediocre y partidista.

Ni siquiera es garantía con las gestiones consideradas exitosas. Una cosa es que Jaime Nebot sea el sucesor de León  Febres Cordero en el cabildo de Guayaquil, pero otra cosa es pensar que la ciudad es una empresa familiar que deben heredar obligatoriamente los discípulos. Me pregunto si en efecto era Cynthia Viteri la mejor opción y queda claro es que Carlos Luis Morales nunca debió ser candidato a nada. ¿Cómo se nos puede pedir a los ciudadanos que votemos bien si los partidos eligen mal a sus candidatos? El relevo es pobre y el cacicazgo es necio: la estrepitosa derrota de Luis Fernando Torres en su carrera a la alcaldía de Ambato debió ser aleccionadora pero más bien decidieron apostar por las creencias medievales de su hijo.

Y así como Chavez eligió a Maduro, Lula bendijo a Dilma y Cristina buscó a Alberto, Rafael nos recomendó a Lenin. Evidentemente no era el mejor perfil dentro del correísmo para hacerse cargo de un país en crisis económica, pero nos lo vendieron como pomada milagrosa. No tengo dudas que en este tipo de procesos se valida la lealtad y el mapa electoral por encima de cualquier otro criterio. Pero sospecho que además se apunta deliberadamente a sustitutos relativamente débiles para no opacar al predecesor.

Nos presentaron a Jorge Glas como una estrella y ya vimos donde terminó estrellado. Nos hablaron maravillas de Jorge Yunda, de Pierina Correa, de René Ramírez, de Carlos Pólit, y de una larga lista de personajes obedientes pero de dudosa moral.

Yo no creo que la administración Moreno haya fracasado en todo pero termina con un enorme saldo en contra. Y este descalabro sin duda debería restarle crédito al gran recomendador, endosador y padrino de aventuras políticas llamado Rafael Correa. El nuevo producto del mercadeo del sello Alvarado es un economista que no es carismático, que no comunica bien, que no es solvente ante una audiencia y que de vez en cuando desliza alguna teoría trasnochada o una contradicción memorable. Si hubiera sido candidato de la lista 99 o 222 seguramente hubiera rematado la primera vuelta en el lote del fondo. Pero llega auspiciado por el dueño del proyecto, que nos jura que Andrés es”. Quién sabe si a estas alturas no está arrepentido de haber marginado a perfiles más sólidos por temor a reeditar la traición de Moreno. 

Andrés Arauz entra a la cancha con la pelota bajo el brazo aunque el balón tampoco es suyo. Puede que reciba todas las instrucciones desde fuera pero sabe que el que juega el partido es él. Y así volvemos al dilema de la continuidad o el cambio. Si el ahijado gana habrá que ver si sigue la ruta del mentor o si decide ser su propio jefe. Es algo que ya vimos con Moreno y que estamos viendo en Guayaquil con la alcaldesa Viteri, a quien no le interesa ser Nebot.

La equivocación de Correa con Moreno nos costó a todos. No creo que este país pueda soportar una segunda lotería con sus antojadizas recomendaciones electorales. Debe entender que su presidencia concluyó el 24 de mayo de 2017 y que no debe esperar reencarnarse en otros mandatarios para aferrarse al poder. (O)

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