Los 70 millones de sucres-oro de la liberación

- 16 de septiembre de 2015 - 00:00

Para el día de la firma del armisticio, en la segunda semana de noviembre de 1916, habían perecido, en combates y acciones derivadas de aquellos, unas siete mil personas, la provincia de Esmeraldas estaba devastada, su capital en escombros, el Estado ecuatoriano tenía una deuda de fábula para la época (setenta millones de sucres-oro) y el imparable ascenso de la burguesía blanca beneficiaria directa de la guerra.

El último grupo de guerrilleros negros se desmovilizó el 7 de noviembre de 1916, algunos posaron para unas fotos y la mayoría apresuró los adioses y se devolvió a sus pueblos. En las siguientes tardes, durante conversatorios apacibles, para no perturbar la memoria reciente, harían referencias a las causas por las cuales algunos de sus familiares, amigos y conocidos no volverían jamás. Se hicieron abuelos y bisabuelos contando la historia como fue. La fila de historiadores desde ese entonces hasta ahora no escuchó ni escucharía, en tardes venideras, esas narraciones como debería.

Una de estas tardes, el hermano Édizon León hizo las preguntas que prolongó una largura la conversación pactada para unos pocos minutos: ¿los cimarrones de 1913 tenían una agenda política? Este jazzman apeló a lecturas y análisis de contextos para que el nkame (parla de ekobios) no resultara un chorro de especulaciones insulsas. Primero: no hubo tal “revolución de Concha”, sin importar los motivos del líder. Una guerra prolongada, también si es popular, no siempre equivale a una revolución, aunque es parte del proceso. “La revolución -para Arendt- es el evento en el que se capta la magnitud de la capacidad humana para “hacer de nuevo, que tiene más la connotación de  emprender algo que en el sentido estrictamente cronológico: es el poder de la convicción común, cuya clave es el comienzo de “una nueva política”, son unas líneas de Claudia Galindo Lara, publicadas en la Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales, Nº 195, septiembre-diciembre, 2005, pp. 34-35. Segundo: se confunde protesta armada (el medio) con el objetivo (la revolución).

Desde que se puso el primer pie en este continente la agenda política del Pueblo Afrodescendiente aún se la puede resumir en tres palabras de sublime contenido: libertad, derechos y progreso. Esos tres desesperos motivaron la resistencia indoafricana en el palenque de las Esmeraldas, a unirse a la marcha independentista bolivariana, a ponerle el pecho a las balas en la Revolución Alfarista y a enfrentar a toda la estructura militar del Estado ecuatoriano de 1913 a 1916; en ese trienio se expresó de manera trágica el resentimiento de siglos de la negritud ecuatoriana.

Este jazzman tiene la certeza que de todos, incluidos historiadores y panegiristas, Alfredo Baquerizo Moreno, presidente de la República en esos años, fue de los pocos que entendió la causa raigal de la guerra civil: la esclavización disfrazada y la negación absoluta de derechos básicos a la gente negra. (O)