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José Velásquez

Los 100 días de la Asamblea Nacional

23 de agosto de 2021 08:35

El expresidente de Estados Unidos Woodrow Wilson decía que una sesión del Congreso es un acto de exhibición pública. Y que los senadores y congresistas realmente se ponen a trabajar cuando los comités o comisiones se reúnen a puerta cerrada.

Las críticas hacia el poder legislativo han sido moneda común a lo largo y ancho del planeta, pero en el caso del Ecuador hay una animadversión instalada. Por un lado están los actos de corrupción y por otro lado están las acciones fabricadas a conveniencia personal o partidista.

Los honorables que se despidieron en mayo se retiraron con una aceptación apenas superior al 10% y una credibilidad que no llegaba al 8%, según Cedatos. Pasaron del tráfico de influencias, al escándalo de los diezmos (a pesar de la solidaria ayuda en vivo y en horario estelar) a la rifa de los hospitales. Mientras tanto se legisló poco, se escondieron durante los incidentes de octubre de 2019 y una treintena de los que iniciaron se vieron obligados a abandonar sus curules. Quizás por eso, en Agosto del año pasado la aceptación llegó al 5%.

Y alguien dirá que esta generación de legisladores es distinta pero la verdad es que comparten el mismo ADN. Para empezar, provienen de las mismas casas políticas y llegan con los valores y las instrucciones dictadas por la jefatura. En esta era de cacicazgos, pocos son los asambleístas que intentarán trascender la obediencia partidista.

Están también las malas mañas. Así como a Pepe Serrano lo retiró de la presidencia un audio comprometedor, a la segunda vicepresidenta Bella Jiménez la pone bajo la lupa una grabación con su voz. Pero claro, el atajo tradicional para escapar del señalamiento ha sido esa combinación entre la negación y la victimización. Lo fue para los más de 20 diezmeros y lo es para Jiménez y para Rosa Cerda. La retórica recurrente es que son incomprendidos cruzados que sortean las crueles trampas del destino con un enorme estoicismo cívico. La señora presidenta Guadalupe Llori es la asambleísta que más ausencias reporta (26%), según el Observatorio Legislativo pero ha resultado una máquina de lanzar dardos.

Mala tos le siento a esta Asamblea y no por ser tan fraccionada ni porque los acuerdos pegados con baba harán que se descarrilen los objetivos. Tampoco porque en cien días no se nota mucho músculo legislativo (apenas dos proyectos calificados por el CAL) o porque los camisetazos se pusieran de moda desde el primer día. La razón por la que no le tengo mucha fe a esta Asamblea tiene que ver más bien con un tema de forma y a la vez de fondo. Los partidos y movimientos nos siguen planteando candidatos con escasa preparación, calidad moral y capacidad; y la gente, resignada, vota sin interés y sin conocimiento. Desde este círculo vicioso, que es más bien un espiral del tercermundismo, se levanta una enorme crisis de representación y esa es la gran trampa. ¿Están los estudiantes ÿ los campesinos bien representados en este cuerpo legislativo? ¿Lo estamos los profesionales de mediana edad?  ¿Lo están los emprendedores? ¿Están legítimamente representados las minorías y los defensores de derechos civiles? ¿Pueden los trabajadores de la salud, los deportistas o los jubilados decir que hay gente que vela por sus intereses allí adentro? Los señores que sesionan en nombre de todos nosotros no representan ni a sus provincias. Ese es el espejismo y por eso se imponen casi siempre la prioridad individual o la urgencia partidista. El resto es un dejavú de cuatro años que nos cuesta millones de dólares y con el que francamente pocas veces podemos contar.

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