Loca por los boleros

- 03 de noviembre de 2017 - 00:00

Cuando escuchaba boleros ella se trastornaba y los ojos se le iban a un tiempo extraño y misterioso que debía ser muy mágico por la sonrisa que escapaba de su boca y el desaliento de todo lo que vivía por su mano: las ollas, la escoba, la planta de albahaca, el gato pidiendo leche, que quedaban suspendidos por esa realidad incorpórea que asestaba una herida mortal a la realidad real.

Sus hijos meneaban las cabeza fastidiados, ya la mamá está escuchando boleros; esas viejas canciones del tiempo de los dinosaurios, se burlaba la hija, que escuchaba a todo volumen por los auriculares a Justin Bieber; en tanto el hijo que veía mil veces los últimos goles del Barcelona mientras oía reggaetón la miraba, a ratos, como se mira a una loca que ha perdido todo trazo de cordura y buen gusto. Al marido, el gran ausente, le importaban poco los desatinos de su mujer, mientras la leche hirviera y la cama estuviera dispuesta. Y ella, por la mañana, sentada en la mesa de la cocina, con la palma de la mano sosteniendo su ensueño, tarareaba: “Hace falta que te diga que me muero por tener algo contigo, es que no te has dado cuenta de lo mucho que me cuesta ser tu amiga…”. Por la tarde: “Angustia de no tenerte a ti, tormento de no tener tu amor…”. Por la noche: “Bésame, bésame mucho, como si fuera esta noche la última vez…”. Al iniciar su jornada: “No existe un momento del día en que pueda apartarme de ti, el mundo parece distinto cuando no estás junto a mí…”. Y así, no había bolero que ella no conociera y cantara. Le dio por responder con letras de boleros a sus hijos; si ellos le decían: “¡Maá, tengo hambre, ya es tarde!, ella respondía: “Reloj, no marques las horas, porque voy a enloquecer”.

A su lejano y desamorado marido ella le reprochaba: “Tú me has dado a comprender que no te importo nada, que me diste tu amor, que me diste tu amor por equivocación”. La mudez de su casa cuando sus hijos marchaban al colegio era rota por su gravitante voz sensual: “Hola, soledad, no me extraña tu presencia, casi siempre estás conmigo, este encuentro es uno más…” y la casa se iba poblando de épocas más ligeras con flores rojas y coros de muchachas y de quizás, quizás, quizás… Cuando llegaba su marido y la saludaba con un breve beso, ella respondía: “Voy viviendo ya de tus mentiras, sé que tu cariño no es sincero, sé que mientes al besar y mientes al decir ‘te quiero’”; hasta que una vez la realidad de los boleros fue copando la realidad real y la casa quedó suspendida eternamente en el aire, la refrigeradora vacía, el polvo acumulándose en los rincones y los hijos y el padre atribulados ante ese mal mayor corrieron con ella al psiquiatra que le desvistió los sueños, apuró sus realidades y en un largo sofá fue desabotonando cada uno de sus ensueños, desarticulando su magia, abortando cada una de las ilusiones por ser irreales y pasajeras y tontas… y la mujer volvió a casa muy cuerda y el lugar de los boleros fue reemplazado por recetas médicas y por una autómata que repetía diariamente la rutina de los quehaceres domésticos; pero todos estaban felices. (O)

(Tomado del libro de microrrelatos y cuentos breves Con (textos) fugaces.)