Lo que dejan las calles

- 21 de agosto de 2015 - 00:00

Decir que las marchas fueron un fracaso es simplificar un complejo y legítimo proceso de oposición desde un sector históricamente olvidado, políticamente reivindicado (por cuenta y lucha propia) e ideológicamente fragmentado, como es el movimiento indígena. Una oposición a la que se han sumado grupos de clase media, organizaciones marxistas, sindicatos, y una derecha oportunista que ha logrado inmiscuirse en una lucha que no es su lucha, más que en su afán por hacerse de un pedazo del pastel político. En última instancia, la condición precaria y el abandono del Estado a las comunidades indígenas se dio, en gran medida, como resultado del modelo neoliberal y ‘civilizatorio’ de la derecha.

El problema para el movimiento indígena y sus simpatizantes (no confundirse con ese conglomerado heterogéneo denominado por el Gobierno como ‘oposición’) es un problema de comunicación. La articulación de sus demandas, esa generalidad intangible de ‘las enmiendas constitucionales y la dignidad’ (¿cómo reivindicas, al final del día, la dignidad?), como fue recogido por los medios, no caló en el imaginario colectivo de una sociedad que vio en el pasado a un movimiento indígena lograr, a partir de una lucha por su reconocimiento, primero, y la toma efectiva de los espacios políticos, segundo, la institucionalización de sus demandas y la fundación de un (poco efectivo) partido político.

Lo que se vio fue mucha violencia. No porque los marchantes fueran violentos. O, por lo menos, no porque la mayoría de los marchantes fueran violentos. El Gobierno logró enmarcar las marchas en un choque de fuerzas, desviándolas de la necesidad de comprometerse políticamente, por lo menos con este sector de oposición (así como lo hizo con otros sectores que, oponiéndose a algo en concreto, no se oponen al Gobierno ‘en general’). En la confrontación, y muy a pesar de las equivocaciones del Gobierno, este último sale por delante. Al final, las calles no las cierra el Gobierno, los destrozos no los hace el Gobierno, la ofensiva (política) no viene del Gobierno. Mientras que el Gobierno entiende, demasiado bien, su monopolio sobre el uso de la violencia.

Y en esto último, el Gobierno ha tenido sus propios problemas de comunicación y ejecución. Ejecución, porque tenemos un Ministro del Interior que sabe mucho de coerción y legalismos, y poco de política. Comunicación, porque un gobierno que trata de ‘rescatar’ el término dictadura (como en ‘la dictadura del amor’ o ‘la dictadura de la alegría’) no puede esbozar una contestación adecuada a las acusaciones (algunas que podrán ser justificadas) de abusos, de represión, de autoritarismo y -ya se escucha- de etnocidio.

Ningún gobierno sale de un paro mejor de lo que entró. Hay un desgaste que nace de calles gritando ‘fueras’ e imágenes de policías enfrentando a civiles. Pero lo que el movimiento indígena no logró fue concretar algo más que su posición frente al Gobierno (lo cual, electoralmente puede ser significativo) y generar una serie de adjetivos para un gobierno que ya no verá la necesidad de comprometerse políticamente con esta oposición. Los manifestantes tienen la calle, pero no la han ganado. El Gobierno no tiene que ceder (es, al final del día, su prerrogativa hacerlo o no), pero en las calles tiene demasiada fuerza y muy poca política. El que tiene el poder, gana. De ahí a que los ciudadanos se sientan ganadores es otra cosa. (O)