Las malas palabras

- 17 de mayo de 2014 - 00:00

El lenguaje que heredamos no solo nos trae palabras, sino estructuras, dice Alex Grijelmo, en “La seducción de las palabras”, para recordarnos que son estos símbolos lo que nos representan. Nos dice que el espacio verdadero de las palabras, el que contiene su capacidad de seducción, se desarrolla en los lugares más espirituales, etéreos y livianos del ser humano.

“Las palabras son los embriones de las ideas, el germen del pensamiento, la estructura de las razones, pero su contenido excede la definición oficial y simple de los diccionarios”, señala Grijelmo. Entonces, en un escrito no solamente está la presencia de quien lo hace sino también esa herencia cultural simbólica que está presente en su lenguaje.

Ángel Rama, en su libro “La ciudad letrada”, nos recuerda que también la conquista de América Latina se dio con la complicidad de las palabras (aún es fácil engañar a los nativos –ese eufemismo- en los trámites jurídicos).
No hay ningún propósito perverso en contar con una voz –que también es la voz de muchas voces-, una realidad que de otra manera pasaría a la fila de los informes fríos. Bien lo sabe la nueva historiografía desalentada por los expedientes jurídicos donde no es posible recuperar el aliento de una época. Es que más allá de las formas o las narrativas hay algo crucial para América Latina: la supervivencia de su memoria, que también está en la oralidad. ¿Hay palabras buenas o malas?

Borges, citando a Coleridge, asegura que todos los seres humanos nacen aristotélicos o platónicos. Los últimos intuyen que las ideas son realidades; los primeros que son generalizaciones; para estos, el lenguaje no es otra cosa que un sistema de símbolos arbitrarios; para aquellos, es el mapa del universo.

Platón vertiendo las ideas en su República perfecta o Aristóteles, acercándose a la razón humana, le dan sentido a las palabras. Chesterton, para vindicar lo alegórico, empieza por negar que el lenguaje agote la expresión de la realidad.

La primera historia generada por Herodoto nos recuerda que la palabra está en la cotidianidad de la gente, en el sentido de la vida y también en su mitología. Está precisamente en entender al otro. Tucídides, su sucesor, lo entendió de otra manera: la historia estaba en las grandes batallas y en los generales. Y esa manera de entender la historia, desde la épica, ha sido parte fundamental de Occidente. Todo esto, observamos cada vez que encendemos la televisión, con un añadido: para la visión tradicional el país inicia en Quito y termina en Guayaquil, exceptuando cuando ocurre un deslave en provincias.