Las brujas vuelan por Ecuador

- 26 de octubre de 2017 - 00:00

Estamos cerca de Halloween, un mito de origen celta del fin del verano. El Samhain era el tiempo donde llegaban los espíritus y se creía que el uso de máscaras y trajes era precisamente para ahuyentar a las entidades malignas. Después, vino el sincretismo cristiano y las calabazas.

Mas, los mitos no son exclusivos de una sola parte del mundo, como a veces creemos. Ecuador, como todos los pueblos del orbe, tiene una riqueza en su mitología y también tiene sus propias brujas. Al menos, en tres lugares. El más importante es en el triángulo entre las poblaciones de Mira-Pimampiro-Urcuquí, en el norte; otro, en el sector de Baños de Agua Santa, concretamente en Illuchi; y al sur en Zamora Huayco (quebrada) en Loja. La diferencia con sus primas nórdicas es que acá no utilizan escoba ni sus trajes son negros, sino que extienden sus brazos para volar con una fórmula: “De viga en viga, de villa en villa, sin Dios ni Santa María”, al igual que sus parientes ibéricas.

En su tesis de maestría de la Universidad Andina Simón Bolívar, Las voladoras de Mira, Trayecto de interpretación literaria a partir de la memoria oral, Amaranta Pico señala: “En Mira, provincia del Carchi, encontramos en los relatos orales el personaje de la voladora, habitante de la comunidad que por la noche adquiere poderes extraordinarios.

Es una beldad que, ataviada de blancas vestiduras, se precipita y suspende en el aire con la principal función de transportar noticias entre los pueblos circundantes. Cuando las voladoras alzan el vuelo, su cuerpo sutil abandona la piel de la esposa, la vecina, la madre, rompe los lazos de lo real, se proyecta hacia lo insondable, maniobra con el infinito. El acto de vuelo desata resonancias, su metáfora secreta abre una puerta hacia el vacío. Refleja y disuelve límites”.

Otra investigación destacada es de la maestra Rosa Cecilia Ramírez en su libro de cultura popular: “En Mira, las magas -que además eran muy guapas- mantenían en secreto las fórmulas para volar. Dominaban el espacio y, al parecer, el tiempo, porque podían recorrer varios países y visitar varias ciudades”.

El autor de estas líneas, digamos, es versado en estos asuntos. En la ponencia ‘Brujas voladoras de la Sierra norte’ se encuentra un detalle: “Otra de las estrategias de estas brujas era convertir a sus amantes en gallos. Así evitaban sospechas y el gallo de marras permanecía muy quedo, amarrado, con traba, a la pata de la cama. Eso sí, cuando se iba el marido comenzaba a cantar bajito, pero convertido en un mancebo de voz sonora.

Con razón, decían los mayores, algunas mujeres se negaban rotundamente a matar a los gallos viejos, porque decían que dan mal caldo, ni hablar de la gallina vieja”.

Nuestros mitos no requieren competir con Halloween, en la medida en que los conozcamos y apreciemos. Precisamente mañana, en la Casa de la Música, 20:00, estará en escena el teatro musical Las Voladoras, con un elenco de lujo junto a la banda Vocapelo. Y esa es otra enseñanza: la oralidad también puede ir a las tablas y al cine, cuando escuchamos al país profundo. (O)

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