La Revolución Negra (2)

- 01 de octubre de 2014 - 00:00

Murieron más de siete mil personas en la guerra civil en Esmeraldas, según dicen algunos historiadores. Con la población de ese entonces de la ciudad y provincia de Esmeraldas, que no sería de más de 20 o 30 mil. ¿Y en proporción a la del Ecuador? Resulta que esa guerra fue una mortandad. Demasiada carga de responsabilidad histórica para una persona puesta allá arriba, en la soledad de su pedestal, donde la historiografía al uso ha encumbrado a Carlos Concha Torres. Sin olvidar, por supuesto, el contexto cultural, social y económico de esos años. Su liderazgo no está en discusión ni sus méritos, pero esa es la puntita del iceberg.

Federico Lastra, Sacramento Mina y otros combatientes negros (incluyendo mujeres) se ganaron sus grados y cargos militares a pulso, subiendo paso a paso, en las guerrillas alfaristas y luego en formaciones militares más convencionales; muchos de los incorporados al último momento pronto tenían galones de coronel.

F. Lastra y S. Mina estuvieron en las batallas decisivas: Guayaquil, Cuenca, Riobamba y finalmente el ingreso a Quito, el 4 de septiembre de 1895. Ha quedado como una frase marxista suelta y muy objetiva: “la vergüenza es un sentimiento revolucionario”. Los cimarrones, incorporados al alfarismo, viendo las condiciones de casi esclavitud de su gente debieron sentir una tormenta de sentimientos: rabia, dolor, angustia y sobre todo vergüenza. Ese sentimiento que cuando todo se agota activa el último resquicio de humanidad para la acción. Es muy probable que Carlos Concha fuera el único que tuviera el prestigio político y eso que ahora se podría considerar como ‘liderazgo intercultural’ para asumir la comandancia militar y política del alzamiento. Cuando se supo de la probable rebelión, la gente negra debió acudir con la sólida convicción de que era en esta o nunca más tendrían oportunidad de eliminar el concertaje. Los guerreros de la Negritud llevaban lustros guerreando, viendo morir a familiares y amigos, la destrucción de sus escasos patrimonios y la triste posibilidad de dejar blanqueando los huesos en cualquier parte; aun así volvieron para tener más batallas que el mítico Aureliano Buendía, solo que estas nunca fueron de ficción.

“De las cabeceras de los ríos, de las haciendas y caseríos comenzaron a llegar, en canoas, representaciones de los batallones de la extinguida revolución. Allí estaban los del Cachaví, los Macheteros de Lastra, menos su Jefe, por haber muerto al finalizar el año 1915”, líneas, palabra por palabra, de Octaviano Marchán Ramírez, tomadas de su Sangrienta revolución de Esmeraldas, edit. Espinoza, 1971, pág. 75. Hace mención a lo que ocurrió el día del funeral de Carlos Concha. Algo parecido debió ocurrir después del 24 de septiembre de 1913. Acudieron a la lucha contra la regresión política en términos de avance del alfarismo, aunque para la gente negra era muy poco lo recibido. Y también a demostrar esa resiliencia cultural de los Ancestros combatientes.