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Ecuador/Mié.2/Dic/2020

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La picardía en la política

21 de octubre 00:00

Comienzo con una anécdota. Fui, a mucha honra, subsecretario de Educación, y más tarde ministro de Educación, Cultura y Deportes en el gobierno constitucional del Arq. Sixto Durán Ballén.

Ya en mis funciones recibí visitas de profesores, padres de familia, estudiantes y… políticos. Un legislador, al terminar una visita, me dijo: “Señor ministro. Veo que tiene usted un buen perfil y mucho futuro. Sabe de educación y ha emprendido reformas, pero… le falta algo para ser profesional de la política: una pizca de picardía”.

Salió el legislador, reflexioné con mi equipo de trabajo y en familia. ¿Qué es lo que me faltaba para ser un buen ministro de Educación?, era la pregunta recurrente. El hecho, muy cierto, es que descubrí –menos mal a tiempo- que la política en el Ecuador equivale a picardía = pillería o no hay política, con las excepciones del caso.

¿La picardía forma parte del quehacer el político ecuatoriano? Parece que sí, porque implica la búsqueda de poder y más poder para conseguir votos, comisiones, puestos y contratos, muchas veces por la vía del chantaje, que no tienen nada que ver –¡qué ironía!- con lo pedagógico y la calidad de la educación, que vendrían a ser expresiones o ideales –poesías, en otros términos-. Entonces no me doblegué y decidí no ser profesional de la política, regresé a la academia y trabajo por un periodismo ciudadano anclado a la educación.

El ejercicio público sí me dejó lecciones importantes: la posibilidad de servir y actuar con transparencia, en un medio donde la picardía va de la mano de la corrupción disfrazada de honorabilidad, y de un fanatismo desenfrenado cargado de relativismo. También, que es urgente reformar el Estado y la institucionalidad, mediante una educación cívica y ética diferente, con la participación activa de una ciudadanía organizada. Y preparar nuevos líderes y nuevos partidos políticos.

Al final de mi gestión, la Contraloría General del Estado, luego de numerosas auditorías, a través de la Dirección de Responsabilidades, me otorgó un certificado de “buena conducta”, equivalente a no tener cuentas pendientes con el Estado. Y eso no fue noticia, desde luego. ¡Ahora las picardías vigentes las miro de lejos, en los medios de comunicación! (O)