La mentira mediática

- 08 de mayo de 2018 - 00:00

“Nada de lo que se vio en la pantalla fue real, pero el efecto sí fue real. Es difícil que aunque te digan que todo lo que viste es falso esa percepción se modifique demasiado” lo advierte Jorge Volpi, el escritor mejicano a propósito de su más reciente libro: “Una novela criminal”.

Novela que nos retrata la profunda corrupción del sistema judicial en su país, México; pero también de las grandes cadenas mediáticas, como Univisa o Televisión Azteca que, en contubernio con la policía, montan un sainete en el que supuestamente se trasmite la liberación de unos secuestrados y la captura de los delincuentes autores de ese secuestro. “Esto tiene que ver con mi teoría sobre la ficción. El cerebro no tiene manera de distinguir la ficción de la realidad; las imágenes que guardamos pueden venir de una u otra y no hay manera interna de diferenciarlas. Esto es lo que ahora llamamos posverdad, un término que no me gusta pero que habla sobre esta consecuencia: aunque se revele la mentira del poder, la revelación de la mentira no tiene ningún efecto sobre la realidad”.

Y todavía con Volpi nos encontramos con esta otra afirmación: “no se trata de que la mentira construya una verdad alternativa, se trata de que la mentira ya generó efectos y al revelarse que es mentira no cambian esos efectos. Trump puede mentir todo lo que sea, pero sus electores no van a cambiar simplemente porque se sepa que es mentiroso”.

Pero esto que ha sido descrito para México bien puede aplicarse a nuestro país y a otros muchos de la región y en buena parte del planeta. Y como de todas maneras nos interpela y nos retrata, debemos hacer grandes esfuerzos para dejar atrás ciertas lógicas de comunicación que confunden información con publicidad y propaganda, como le gusta hacerlo al poder.

En los medios públicos de nuestro país, penosamente mezclados con los incautados, el recorrido todavía luce enterito, pero no es algo que deba conducirnos al abatimiento. La relación con las audiencias se labra de a poco e incluso puede resultar en muchos momentos errática.

Pero va quedando claro que la comunicación pública trabaja con un derecho, el de la información, no con una mercancía, y el tratamiento debe ser radicalmente distinto. Por ejemplo, me lo decía Hernán Reyes, catedrático, comunicador, los medios públicos cuando informan deben construir su relato sobre la base de contundentes investigaciones. No importa la velocidad, que debe ser desechada, y sí apostarle a la veracidad.

En México también han discutido sobre el problema de los medios que sustituyen a los jueces, adquiriendo enorme influencia en las audiencia y amedrentando al mismo sistema judicial. La novela de Volpi se ha inscrito también en ese debate.

Novela sin ficción que quizá convoque a periodistas; no pasará lo mismo con los operadores del poder: su cinismo ya no tiene remedio. (O)

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