La mecha encendida

- 10 de julio de 2018 - 00:00

No está claro qué ocurrirá con Lula en los próximos días. Pero incluso si continuase detenido de forma ilegítima en Curitiba, algo habrá cambiado este 8 de julio de 2018. Ya se ve con claridad aún mayor la manipulación en la que se encuentra el órgano judicial brasileño. Estos hechos contribuyen a que la sociedad adquiera conciencia del momento de inflexión en el que se encuentra su nación. En las próximas semanas Brasil se juega su futuro. Una candidatura de Lula para las presidenciales del 7 de octubre permitiría que Latinoamérica recupere el camino del desarrollo y la integración, aprendiendo de las equivocaciones y avanzando en las transformaciones pendientes.

Cuando se secuestra la democracia ya no hay justicia. El golpe parlamentario a Dilma Rousseff en 2016 fue el primer avance contra el proceso de transformación que transitaba Brasil. Los gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT), como todo ciclo político, fueron heterogéneos. Implicaron avances inéditos, pero no alcanzaron a reconfigurar la correlación de fuerza con el verdadero poder de las elites brasileñas. El día que Dilma resultó reelecta, en octubre de 2014, venciendo por estrecho margen a Aecio Neves, las fuerzas conservadoras decretaron que ya habían prestado por demasiado tiempo el gobierno, y salieron a recuperar lo que sienten que les pertenece y las urnas les negaron.

El juez Rogerio Favreto, del Tribunal Regional Federal de la Cuarta Región con sede en Porto Alegre, concedió un habeas corpus a Lula a partir de la presentación del viernes pasado de unos diputados del PT y exigió que la medida sea cumplida de forma urgente. El juez Sergio Moro, uno de los responsables de sostener el estado de excepción en el que se encuentra Brasil, de vacaciones en Portugal y de forma ilegal, contraría la decisión de segunda instancia y ejerce su influencia para que no sea liberado.

El futuro es imprevisible. El habeas corpus es un cachetazo a la sociedad y a la dirigencia de izquierda latinoamericana. Nos despierta y nos recuerda que la única lucha que se pierde es la que se abandona. Hace unas semanas le pregunté a Dilma Rousseff por qué el pueblo brasileño era tan pasivo frente a la injusta persecución y el encarcelamiento de su líder. “La reacción del pueblo brasileño es explosiva”, me respondió. Tal vez hoy se haya encendido la mecha. (O)

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