La ilusión de la movilidad social

- 14 de febrero de 2014 - 00:00

Gregory Clark, autor de The Son Also Rises (2014), argumenta que la movilidad social ha permanecido mayormente estancada, contrario a lo que los estudios convencionales sugieren. Propone que los académicos han subestimado lo difícil que ha sido, y que sigue siendo, que alguien pueda ascender en los rangos sociales. Llega a esta conclusión después de rastrear la incidencia histórica de los apellidos a través de generaciones de pagos de impuestos, registro de inscripción a las universidades y membresía a sociedades profesionales en varios países. Según su investigación, más de la mitad de nuestro estatus social es predecible en el momento en que nacemos. Las cifras son las mismas para Suecia como para la Inglaterra medieval.

Empero, tanto las conclusiones como la metodología son debatibles, los datos sugieren que las generaciones son propensas a perpetuarse en las mismas clases sociales. Según Clark, la élite medieval inglesa ahora es, finalmente, parte del promedio. El proceso, sin embargo, duró entre 300 y 400 años. Es decir, las sombras de la riqueza del siglo XVIII siguen oscureciendo la distribución de ingresos de hoy.

Hay una serie de factores que se perpetúan con las clases sociales, incluidas las redes sociales que creamos y las opiniones a las que somosHay una serie de factores que se perpetúan con las clases sociales, incluidas las redes sociales que creamos y las opiniones a las que somos expuestos. Hay una especie de ordenamiento natural en un sistema que inherentemente necesita de estas clases; cada una con su función, cada una con sus limitadas opciones y opiniones a las que son expuestas.

Bajo este manto de familiaridad, las nociones que determinan nuestra ideología política son fortalecidas por nuestra herencia generacional de argumentos y experiencias probadas y reforzadas una y otra vez. Y, bajo este esquema, también se refuerzan las condiciones que determinan nuestro acceso a la distribución de la riqueza. A la par que se perpetúan las clases sociales, también se perpetúan las relaciones de poder. Y las élites han logrado, en el ínterin, amasar más medios para fortalecer esa posición, en detrimento del resto de la sociedad. Explica la concentración, cada vez mayor, de la riqueza; el crecimiento de ese 1%.

Las medidas redistributivas, en ese sentido, se vuelven necesarias, no como un estímulo a la movilidad social, sino porque precisamente esa movilidad es incurablemente baja.

Sugiere Clark que si la alta movilidad social ha sido utilizada para justificar la gran inequidad, entonces la realidad de una baja movilidad social presupone algo diferente: que la gran inequidad sirve de poco y que redistribuir el ingreso (de ricos a pobres) puede mejorar el bienestar general a un costo económico bajo. Algunos estarán angustiados. Otros impacientes.