La gran revolución del siglo XXI (2)

- 07 de mayo de 2018 - 00:00

Volvamos al punto central. Las IA no son como los robots, meros brazos efectivos, sino cerebros implacables que ya se están usando en las grandes compañías y corporaciones del centro del mundo. Casi nunca están en los robots, como Terminator, sino en espacios virtuales, lo que las hace aún más temerarias.

Pronto podrán entender a los seres humanos mejor que cualquier psicoanalista y, obviamente, no necesitarán veinte años de terapia. Actualmente, ya están siendo usadas para leer los currículums de los solicitantes de trabajo y son capaces de seleccionar a los mejores candidatos en base a predicciones: María renunciará en dos años; José pedirá aumento de sueldo antes del tercer año. Etcétera. Claro, pronto ni María ni José serán necesarios ni para cuidar niños ni ancianos porque las IA podrán hacerlo mucho mejor y cometiendo menos errores.

Esto, que en principio puede ser celebrado por los optimistas por su incuestionable aumento de la repetida, hasta el hastío, efectividad, tiene su lado tenebroso. Los robots inteligentes no necesitan ser malos para organizar el mal. Basta con que sirvan a los poderosos, como cualquier otra innovación previa, ya sean gobiernos despóticos o megacompañías (despótica y manipuladora, como cualquier gran compañía, según lo demuestra la historia).

Podríamos poner cien ejemplos, pero por razones de espacio consideremos un simple aspecto. Desde hace miles de años, todos llevamos nuestra privacidad de paseo por todos los lugares públicos por donde vamos. Con las IA, esta privacidad se disolverá automáticamente. El reconocimiento facial no solo puede detectar mentirosos, o la orientación sexual (esto no es especulación; ya está ocurriendo de forma inadvertida por el público), sino muy pronto cualquier IA podrá determinar en unos pocos segundos qué ideas políticas, sociales, religiosas y sociológicas tenemos, ya sea leyendo un simple CV, un texto, artículo, carta o escaneando nuestro rostro. No será algo muy difícil de concretar, considerando lo que ya se está haciendo.

Como consecuencia, los disidentes de ese orden infinitamente opresivo no tomarán armas tradicionales, sino las mismas basadas en IA o similares. Serán los hackers del futuro y, como en el pasado, serán los guerrilleros idealistas y los criminales comunes, todos metidos en una misma bolsa por quienes ostentarán el poder de los dioses (o los demonios). (O)