La extinción de la buena gente

- 14 de marzo de 2018 - 00:00

No hay estadísticas confiables, pero la crisis de buena gente es comparable con el cambio climático, así de catastrófico. Tribus académicas se embolatan en hipótesis con ecuaciones sin fin para explicar esta extinción. Un día de esos, cuando el agua se vuelve vinagre y el lunes es el doble de su largura habitual, comenzaron por decir, con falsa ciencia, que la buena gente es pendeja, cojuda o lerda, según las normas de podredumbre al uso.

Se instaló el descrédito de ser buena gente y nadie quiere ser marginado de la horda feroz e irrespetuosa del derecho ajeno. Joder al más débil es lo que vale, apropiarse hasta de la última caridad de rumba o “hacerle sentir el poder a quien cumple su tarea” es parte del catálogo de calamidades inducidas.

El baratillo de la vendedera de humo o la boutique de las apariencias mandan en la moda del ser o no ser gente de primera en ruindad. Y es elegante además. No sé ustedes, pero este jazzman ve más gente persignándose al pasar por un templo católico, muchísimas con el amén en los labios, bastantes predicadores en los espacios públicos describiendo los horrores del apocalipsis a ocurrir ya mismo, radios saturadas de invocaciones a Dios, programas religiosos de televisión exaltando la monarquía celestial (y menos la democracia terrenal) y en las redes sociales un tsunami de trucos religiosos para la doctrina y no para la sociedad común y barrial. Aun así escasea la buena gente.

La buena gente que saluda con el secreto deseo que en efecto sea “bueno” el día, gente ayudando sin selfies afrentosos, miles de personas respetando el bien comunitario sin alharacas, esos conductores excepcionales respetuosos del pasito tuntún de personas ancianas o con discapacidad. Vea usted, de rutinaria a costumbre insólita. Está esa buena gente que otorga el beneficio de la duda, a pesar de los tribunales del chisme; esa buena gente solidaria con la sencillez de la primera niñez y esa buena gente que jamás nos dirá que en verdad lo es. Axê. (O)