La desobediencia como acto revolucionario

- 11 de mayo de 2016 - 00:00

Un acto básico de desobediencia es demostración de soberanía individual o colectiva, son los primeros pasos de las andaduras revolucionarias. Desobediencia es aplicar lo imaginado con pasión y largura para sí o para la comunidad, intentando superar aquello que hasta ese instante se ha padecido. Esa fue y es la vía andada de la resistencia física o cultural de las comunidades afroamericanas. Las leyes progresistas aproximan igualdades y equidades, pero es mediante las desobediencias cimarronas a la costumbre (expresada en ideología de la colonialidad) que se fundamentan los cambios.

El poder opresor hace esfuerzos institucionales, discusivos, académicos y también mediáticos para unificar o, lo que es lo mismo, liquidar con elegancia cualquier demostración efectiva de diversidad cultural y popular; uno de esos afanes es la obediencia a las injusticias sociales seculares. La sociedad mayor ha sofisticado la acción política para que el juego de tronos sea entre los grupos dominantes, porque su única diferencia, sin distanciarse aun por los decibelios de los gruñidos, es el tamaño de la plusvalía. Desobedecer a las aplicaciones del capitalismo nacional o local es aproximar largura de vida a nuestras comunidades afroecuatorianas e indígenas. La vida equivale a sus riquezas ancestrales.

Los creyentes en la vida debemos cumplir este dicho zapatista: “Mandar obedeciendo”. Algo de aquello está en la Ley de Participación Ciudadana y desde el Consejo de Participación Ciudadana y Control Social (CPCCS) se intenta que la apliquen todos los cargos públicos, aunque más no fuera imperfectamente. Sectores reaccionarios prometen que el día que la tortilla se vuelva mandarán al diablo esa función estatal; sí, saben lo que quieren y saben el riesgo revolucionario de una ciudadanía desobediente.

El nieto del Abuelo Zenón (el Maestro Juan García) puso en grafemas algo de su legado oral: “Tengo algunos dolores acá en mi corazón de abuelo, porque he visto que la nueva generación, sobre todo los hermanos del Pacífico (Colombia y Ecuador, JME), ya no se refieren al territorio-región y más bien se muestran obedientes a lo que nuestros mayores nos mandaron a desobedecer”. La desobediencia no tanto como desgobierno y más bien el ejercicio del poder de abajo hacia las alturas administrativas; el dicho de alguna izquierda: creación de poder popular.

La juventud afroecuatoriana atiende con hechos el mandato del Abuelo Zenón: en Guayaquil está el Palenke del Pensamiento, en Quito el Grupo de Pensamiento Afro, la Red Cultural Afroecuatoriana y el ejemplo se extiende a otras ciudades. “Les recuerdo que somos la nación cultural de origen africano en el Pacífico, desde Esmeraldas, en la costa arriba, hasta Buenaventura, en la costa abajo”, reafirmó el sabio cimarrón. Estos jóvenes empezaron por ser desobedientes, no por calenturas temporales -bueno, por eso también-, pero más por cuestionar el movimientismo afroecuatoriano y su esclerosis. (O)

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