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José Valés

El kirchnerismo no tiene quien le escriba

26 de febrero de 2021 00:00

Será de esperar que el genio de Gabriel García Márquez nos de licencia para parafrasearlo. Siempre se apela a un bálsamo cuando la tarea es insalubre, tediosa y hasta vomitiva por momentos.

Un gobierno, el de Alberto Fernández y el de su jefa la vicepresidenta, Cristina Fernández de Kirchner, dueño de un relato desde sus primeros días, allá por el 2003, que cómo el diccionario lo precisa es “un cuento o narración de carácter literario…”, cargado de una épica de recuperación social y económica que siempre hubo que hacer un gran esfuerzo para encontrarla plasmada en la realidad.

Pero esa ficción sólo podía ser revalidada por el fracaso estrepitoso, por la nada misma, de ese macrismo (2015-2019), tan funcional unos con otros, que supo aterrorizar a los más lúcidos en este fracaso colectivo llamado Argentina.

Aquel gobierno de la viuda, solíamos caracterizarlo como “el Gobierno Joaquín Sabina”, en virtud de por aquello que escribió alguna vez el español de que “no hay peor nostalgia que lo que nunca jamás sucedió”, cuando se buceaba en su derrotero para llegar al poder.

Y entre nostalgia y nostalgia, entre desfalco y fracaso del macrismo, desde 2019 gobiernan nuevamente, en un escenario difícil por donde se lo mire, con una economía en crisis y un 40.9 por ciento de la población sumida en la pobreza. Pero la pandemia, allá a principios de abril aparecía como la gran aliada del gobierno, que había encontrado en la lucha contra el COVID-19 una razón de ser, la materia prima apropiada para un nuevo capítulo del relato, ficción, llevando adelante la cuarentena más larga del mundo (si ya tenemos la avenida más ancha del mundo por qué no una cuarentena), congelando la actividad económica, anunciando millones de vacunas que no terminan de llegar, prometiéndole cuidados a la población, suspendidos para las exequias de Diego Maradona. Celebrando el primer lotecito de la Spunik V llegando de Moscú, como si fuera el gol de Diego a los ingleses en 1986 y de repente… La argentinidad en toda su dimensión... Con un ministro de Salud, Gines González García, regenteando un vacunatorio en su despacho para allegados, familiares, ex presidentes, ministros, asesores y el periodista Horacio Verbitsky, algo así como un ministro sin cartera, el líder de eso que aquí se conoce como “periodismo militante”, mientras ni siquiera la totalidad de los trabajadores de la salud, en la primera línea de fuego desde marzo pasado, había todavía sido vacunado.

Un escándalo de proporciones que le costó la cabeza al ministro de la decena de anuncios fallidos y dejó al desnudo a una clase política alejada cada vez más de la realidad, mientras la militancia oficialista mastican la bronca y a la oposición exultante desconcertada en su propia lógica y contradicción permanente y al resto de la sociedad corroborando que el relato era eso: tan sólo una ficción, que de tan burdo hasta carecerá de final.

Es la propia militancia kirchnerista, de los cuales no pocos miembros aparecían  fotografiados vacunándose en las redes sociales sin que les toque el turno, la que ahora reniega de Verbitsky y lo acusa de perpetrar una operación para desgastar al gobierno. Hombre de inteligencia, “el perro” como lo apodan, siempre fue como periodista un gran operador, y como operador un periodista graduado en sus múltiples funciones en la organización Montoneros, allá en los convulsionados años 70. Con todo lo que ello implica.

Tal vez la respuesta a la conducta de esa militancia aprovechando las ventajas del poder radique allí. Si en los 70 “la juventud maravillosa” perdió por un exceso en el uso de las armas, ellos hoy, sucumben por un exceso de sus propias “armas”: El IPhone.

El escándalo se desató cuando los trabajadores de un hospital, el Posadas, a donde el ministro y otros funcionarios de gobierno enviaban a vacunarse a los VIPs, estaban a punto de denunciar públicamente la operación. Justo cuando un sector de la prensa ya andaba atrás del caso. Fue en ese momento en que el mayor exponente del relato, Verbitsky, para quién según el director del hospital Alberto Maceira, se había organizado el vacunatorio en el Ministerio, contó en una emisora de radio, con lujo de detalles, su privilegio de haber sido vacunado gracias a “mi amigo Gines”. Desatando así la crisis y sin poder hacer un efectivo control de daños. Falta grave para un hombre de inteligencia.

Pero fue el ahora ex ministro el que había separado tres mil dosis de las vacunas llegadas desde Rusia, según lo admitió el propio gobierno. Lo que nadie explica, tampoco la Justicia, es si alguien está siguiendo la ruta de ese lote de vacunas para saber, cuántos fueron los privilegiados miembros de la nueva “oligarquía” argentina que se la aplicaron poniendo en riesgo a otros que estaban primeros en la lista. Allí, ese laboratorio ministerial donde sus ocupantes parecían dispuestos a vacunar hasta la Evita del mural de Daniel Santoro.

En el medio, Fernández experimentó la debilidad en público. Fue en su reciente visita a México donde tuvo la ocasión de corroborar lo que fue el priismo como escuela política. Su par Andrés Manuel López Obrador, lo recibió con honores pero se despegó con antelación al aclarar que en su país “con la vacuna no habrá privilegiados” y luego el presidente mexicano se excusó de acompañarlo en la visita que juntos programaban hacer al laboratorio que terminará de confeccionar las vacunas cuya sustancia se genera en Buenos Aires. En tanto, su jefa, La ex presidenta, guarda silencio en las lejanías patagónicas, como cada vez que tiene que enfrentar una crisis de esta naturaleza, mientras la Sociedad, casi en su conjunto, vuelve a tener la evidencia de que esta no es una pelea ideológica entre dos posiciones antagónicas, entre buenos y malos. Sino entre horribles y peores.

Una sociedad “politeísta” como la Argentina, donde además del catolicismo sostenido por el Estado, los argentinos practican el peronismo: una religión pagana pero religión al fin (y sino que le pregunten al Papa Francisco), y bajo ese orden de valores siguen manteniendo la misma desvencijada esperanza que caracterizó al Coronel que había peleado codo a codo con Aureliano Buendía. Aun cuando en el horizonte no se vislumbre alternativa política alguna para superar la decadencia que comenzó allá con la última dictadura militar en 1976.

Una decadencia a la que los argentinos ya se fueron acostumbrando entre goles con la mano y mentiras (im) piadosas, sin dejar no de verbalizar sus augurios de tiempos mejores.

 Últimamente, esa esperanza colectiva estaba puesta en la vacuna. No habría de qué sorprenderse entonces de un desenlace semejante. Si allá en 1982, ya habían sido “vacunados” en su ingenuidad social, cuando la solidaridad de la gente juntó toneladas de alimentos y ropa. Todo para enviarlos junto a miles de cartas manuscritas de apoyo a los soldados que luchaban, helados, hambrientos y harapientos, en las Islas Malvinas. Muchos de esos enseres, como los chocolates por ejemplo, aparecieron meses después de terminada la guerra, en los kioscos hasta con las cartas de apoyo a “un soldado” en su interior. Alguien abocado al operativo y sin escrúpulos, los había vendido en el mercado negro de chocolates. La única diferencia con el Vacuna Gate es que por entonces los culpables eran compatriotas con uniforme y ahora son compañeros peronistas.  

Tras el escándalo, la bronca huele a vacío y la economía a un descalabro sin precedentes. Sin referentes políticos que propongan caminos alternativos, sin intelectuales que puedan explicar por qué somos cómo somos, ni relato que alimente la novela y sin Verbitsky´s que la escriban, sólo nos queda una sociedad cada vez más carente, inerme y todavía dispuesta a seguir comiendo eso que Gabo puso en boca del Coronel: “Mierda”.