Justicia

- 29 de noviembre de 2018 - 00:00

La idea de justicia nos viene de los antiguos pueblos griegos y romanos, los cuales sintetizaron no solo sus propias representaciones, sino también las de otras culturas localizadas en el orbe del Mediterráneo, incluyendo las del próximo Medio Oriente.

En esencia consistía en una práctica mediante la cual se reparaba y compensaba a quien era víctima de alguna acción dañosa y desmedida por parte del más fuerte frente al más débil, tarea en la que participaban, además, los dioses en calidad de “guardianes de la justicia”, quienes desataban su ira para llamar la atención a los pueblos injustos. En los años 700 a.C. Hesíodo desarrolló los conceptos de derecho y justicia, estableciendo una relación entre dos contrarios: el fuerte injusto y el débil necesitado de justicia.

Pocos sabemos acerca de cómo limitaban las acciones dañosas los pueblos amerindios, solo conocemos que el centro de su pensamiento, al menos en el área andina, giraba alrededor de la relación comunidad-naturaleza, por lo que cualquier acción contraria a esa totalidad sería impedida haciendo un símil de justicia. La idea de justicia fue creada aquí o allá para detener al más fuerte en su potencialidad de daño al más débil o a todo lo que sirve para reproducir la vida.

Los Estados modernos capitalistas son aparatos poderosos, controlan el territorio, los recursos naturales, las armas y las monedas necesarias para conseguir los bienes básicos. En sus entrañas vive la coerción y la amenaza, que se ejerce mediante la ley y especialmente el castigo.

En principio, es imposible que el Estado sea por sí mismo un sistema de justicia, menos aún en los tiempos contemporáneos en los que dominan las fuerzas del mercado, ajenas totalmente a los propósitos de la sociedad. Para detener al más fuerte, amparados por un Estado anómalo o por los agentes del mercado, las sociedades contemporáneas han fortalecido la idea de garantía de derechos constitucionales.

Los ecuatorianos debemos estar atentos, para evitar que grupos entronados coyunturalmente en el poder usen el aparato del Estado para venganzas y vendettas, destruyendo en esencia las premisas del Estado de derechos que, aunque utópico, mantiene la proa siempre en búsqueda de la justicia, para limitar al más fuerte en sus pretensiones de dominar, incluso eliminar al contrario, cuando carece de humanismo y está en situación de superioridad frente al débil. (O)

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