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Ximena Ortiz Crespo

Juego limpio

En estos días todos hemos visto la tele y hemos recordado la excelencia de los goles de Maradona. Hemos visto su sepelio, los grandes esfuerzos del gobierno argentino por usar su figura.
05 de diciembre de 2020 00:00

En estos días todos hemos visto la tele y hemos recordado la excelencia de los goles de Maradona. Hemos visto su sepelio, los grandes esfuerzos del gobierno argentino por usar su figura para comprarse la simpatía de la gente, las reseñas de la vida del astro, sus goles, sus terribles fallas como ser humano, las órdenes judiciales contra su médico personal y su psiquiatra. Pero ¿qué pensamos las mujeres de tanta algarabía? Que no es con nosotras todo ese rebullicio. Pensamos que por el fútbol y en nombre del fútbol se nos deja fuera de los medios, de los espacios públicos, de la agenda social, de las políticas del gobierno.

 

Las mujeres sentimos que el fútbol hipnotiza a los hombres de tal forma que por momentos no son parte de la familia. Eso sentimos cuando los varones ven fútbol por TV o asisten a los partidos. Esa ausencia dentro de la familia es todavía más notoria cuando, en tiempos normales, las mujeres sienten que sus maridos se pasan esperando toda la semana para ir a jugar el sábado en la cancha del barrio. Ellas saben que los hombres no participarán ese día haciendo las compras, cuidando a los niños o haciendo la limpieza de la casa pues, luego del partido, se reunirán a tomar unas bielas y aparecerán, con suerte, el domingo.

 

Las mujeres sabemos que, en todos los rincones del país, hay millones de dólares del erario nacional gastados en cemento para construir canchas y más canchas para los varones. Y que el Estado gasta mucho más en atender las necesidades de deportes de los hombres que en potenciar la salud de las mujeres. La OMS señala, por ejemplo, que los niños y niñas entre los 5 y 17 años deben hacer, cada día, 60 minutos de actividad física moderada (caminar, correr, bailar, pedalear), a los que se tienen que añadir, tres veces por semana, actividades vigorosas para fortalecer músculos y huesos (trepar, saltar a la soga, utilizar los equipos de los parques de juego, etc.). Las niñas ecuatorianas, en general, no realizan ni siquiera un mínimo de actividad física y las que participan en actividades deportivas escolares las abandonan pronto.

 

La falta de actividad deportiva afecta el estado de salud de las mujeres a lo largo de la vida. Estudios sobre el tema muestran que ésta reduce en las mujeres el riesgo de sufrir enfermedades como la diabetes, el cáncer, las enfermedades cardiovasculares y la osteoporosis. Es frecuente que los médicos encuentren en mujeres adultas de Quito deficiencia de vitamina D por no haber estado suficientemente expuestas a los rayos solares.

 

Pero no solo el estado físico de las mujeres se puede resentir a largo plazo, también el estado de su salud mental. El ejercicio físico mejora las funciones intelectuales, la autoconfianza, la autoestima y la aceptación social. Las mujeres se sienten más seguras, más fuertes y hábiles. Tienen mayor estabilidad emocional. Con un cuerpo fuerte pueden enfrentar mejor las interacciones laborales y sociales, mejoran su tolerancia al estrés, pueden vencer la depresión y la ansiedad.

 

Por ello, las mujeres debemos promover, en las políticas públicas, una inclusión paritaria para los gastos del Estado en la planificación de programas educativos para dotar a las niñas y adolescentes de actividad física y entretenimiento suficiente. “En los patios de los colegios y en los equipamientos de ocio deportivo, ni el espacio ni los materiales se distribuyen equitativamente entre niños y niñas. El fútbol, y quien mayoritariamente lo practica [el niño o joven], ocupa el espacio central y más amplio mientras el resto de actividades, y quienes las practican, deben adaptarse al espacio sobrante, en los márgenes y espacios reducidos” afirma un estudio hecho por investigadores del Hospital San Juan de Dios de Barcelona respecto a la realidad española.

 

El estudio citado propone transformar la asignatura de educación física de tal manera que los maestros al impartir clases a grupos mixtos reduzcan la atención hacia las actividades deportivas que se asocian tradicionalmente con la cultura masculina, y revalorizen las prácticas asociadas a lo femenino. La actividad física es un instrumento pedagógico lúdico y vivencial especialmente apropiado en la educación de las niñas y adolescentes. El apoyo de padres que fomenten el deporte femenino mostrando interés por las actividades que hacen las niñas es también importante porque éstas suelen recibir menor apoyo parental que los niños.

 

Si extrapolamos las prácticas de las escuelas a las prácticas estatales vemos que éstas siguen la tradición de priorizar la lógica de la liga barrial que deja afuera a las mujeres. Los gobiernos nacionales y locales se limitan a utilizar las casas comunales rurales para dar talleres de costura y bordado a las mujeres del campo. Esa visión trasnochada simplemente crea más trabajo para las mujeres, las dedica a actividades que no producen valor agregado y no promueve sacarlas de la pobreza y adquirir autonomía. Para lograr que las mujeres se desarrollen necesitamos que el Estado planifique, edifique y eduque para que las niñas, las adolescentes y las mujeres adultas puedan gozar de espacios y recursos exclusivos para su entretenimiento y crecimiento personal.

 

Es una necesidad urgente que el Estado produzca políticas públicas que velen porque las mujeres ecuatorianas puedan adquirir, por medio de la actividad física y el deporte, las habilidades que requerimos para la vida: el liderazgo, el trabajo en equipo o la resiliencia. ¿Cuándo podremos lograrlo? Cuando en los programas de gobierno las mujeres sean una prioridad, pues por ahora no vemos ninguna propuesta sobre este tema en los programas electorales que presentan los candidatos. La miopía es alarmante, sobre todo en este momento cuando las mujeres sufrimos más intensamente la crisis económica y el terrible embate de la violencia machista que nos quita la vida todos los días.

 

Mientras tanto, mujeres, reduzcamos presenciar y apoyar la agresividad del fútbol en nuestras casas, y dediquémonos a lo nuestro. La omnipresencia del fútbol nos agobia y nos es ajena. Corremos el riesgo de sucumbir en un mundo que endiosa astros masculinos con los que no tenemos ninguna conexión. No hay razón para inquietarnos cuando se derrumba y muere un héroe de barro.