A Ingmar Bergman en su natalicio

- 10 de julio de 2018 - 00:00

Si tuviese que escoger tres películas de Ingmar Bergman (tres, en tiempos antiguos, era considerado el número perfecto), elegiría estas: Persona (1966), El séptimo sello (1956) y Fresas salvajes (1957). Y si tuviese que realizar un análisis de las razones por las que Bergman ha marcado gran parte de mi vida –ahora que se cumplen 100 años de su natalicio– debería subrayar que estas obras están atravesadas por cuatro aspectos vitales enigmáticos: el amor, la locura, la vejez y la muerte.

Bergman, con una agudeza fantástica, logró retratar estas cuestiones a través de representaciones oníricas, otras veces desgarradoramente realistas, y otras tantas simplemente metafóricas. Bergman, un solitario irremediable, un pesimista, un hombre aterrado, conocía tan bien la psicología humana que era capaz de trazarla con detalles maravillosos en donde un rasgo en común es la pérdida: amores perdidos, la cordura ya extinta y la vida que está por apagarse (la vejez y la muerte).

Un caballero –con un esfuerzo vano, cada vez más alejado de su fe– decide retar a la muerte en una partida de ajedrez que perderá irremediablemente (El séptimo sello). “En la vejez –decía Borges– el animal ha muerto o casi ha muerto, quedan el hombre y su alma”. Y es esta la sensación que deja el personaje de un médico al rememorar sus veranos juveniles en una antigua casa. Sin embargo, nada logrará cancelar el silencio y la soledad de la vejez: “Todo ha sido extirpado, una obra maestra de la cirugía”, se le dirá en un sueño (Fresas salvajes).

Así también será suspendida la cordura de una maravillosa actriz cuyo silencio ha terminado por contagiar a su enfermera, que también perderá los estribos. Todo ello mientras entre ellas se entreteje una relación marcada por la exasperación (Persona). El cine de Bergman es así: colindante con la locura, como un sueño doloroso, o bien, si se quiere, como un análisis personal descarnado. Se trata del arte de un hombre casi inescrutable, pero tan vigente como siempre. (O)

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