Los hombres de Dios

- 18 de agosto de 2018 - 00:00

Una escena impresionante de la novela Huasipungo, de Jorge Icaza, se produce cuando el patrón y el cura se ceden el paso antes de aprovechar la ausencia del marido de Juana para tumbarla y penetrarla. La ironía magistral de Icaza habla de los “ilustres jinetes”.

Cuando el paraguayo Fernando Lugo era obispo, engendró un hijo. Al menos dos mujeres más se sumaron a reclamar la paternidad de Lugo para otras criaturas, cuando él había renunciado al sacerdocio, ya no era obispo y sí presidente de su país. En una entrevista se preguntó con ironía y hasta picardía: “¿Y yo sabía que tenía hijos?”, y agregó que “no hay una castidad perfecta”. La castidad perfecta sí existe: miles de hombres y mujeres que han optado por ella lo demuestran.

Pero lo peor no son curas que mantengan amantes o contraten prostitutas, sino los violadores de menores de edad. Países como Estados Unidos, Alemania, Irlanda, Chile, para citar solo unos cuantos, han mostrado que cientos de curas abusaron sexualmente de miles de niños y niñas a lo largo de las últimas décadas del siglo XX por lo menos. Y no son casos aislados, sino que se habla de un bien montado sistema en el que la jerarquía eclesiástica y hasta los poderes civiles fueron encubridores.

Un adulto que abusa de quien podría ser su hijo, hermano menor, nieto, no lo hace porque “no puede aguantarse” ni por “debilidad”, como dicen los cómplices, sino porque el abusador no reconoce la dignidad humana del pequeño a quien usa, y porque lo sabe débil, incapaz de defenderse. Si bien hay monstruos en todas partes: maestros, padres, tíos, abuelos, es más grave el caso de sacerdotes, por la autoridad de la que están investidos y por la poderosa institución mundial a la que pertenecen.

Se debe investigar a fondo en los distintos países y enjuiciar penalmente a los culpables. La Iglesia debe reparar a las víctimas de todos los modos posibles. No basta pedir perdón ni asumir la vergüenza. (O) et

Una escena impresionante de la novela Huasipungo, de Jorge Icaza, se produce cuando el patrón y el cura se ceden el paso antes de aprovechar la ausencia del marido de Juana para tumbarla y penetrarla. La ironía magistral de Icaza habla de los “ilustres jinetes”.

Cuando el paraguayo Fernando Lugo era obispo, engendró un hijo. Al menos dos mujeres más se sumaron a reclamar la paternidad de Lugo para otras criaturas, cuando él había renunciado al sacerdocio, ya no era obispo y sí presidente de su país. En una entrevista se preguntó con ironía y hasta picardía: “¿Y yo sabía que tenía hijos?”, y agregó que “no hay una castidad perfecta”. La castidad perfecta sí existe: miles de hombres y mujeres que han optado por ella lo demuestran.

Pero lo peor no son curas que mantengan amantes o contraten prostitutas, sino los violadores de menores de edad. Países como Estados Unidos, Alemania, Irlanda, Chile, para citar solo unos cuantos, han mostrado que cientos de curas abusaron sexualmente de miles de niños y niñas a lo largo de las últimas décadas del siglo XX por lo menos. Y no son casos aislados, sino que se habla de un bien montado sistema en el que la jerarquía eclesiástica y hasta los poderes civiles fueron encubridores.

Un adulto que abusa de quien podría ser su hijo, hermano menor, nieto, no lo hace porque “no puede aguantarse” ni por “debilidad”, como dicen los cómplices, sino porque el abusador no reconoce la dignidad humana del pequeño a quien usa, y porque lo sabe débil, incapaz de defenderse. Si bien hay monstruos en todas partes: maestros, padres, tíos, abuelos, es más grave el caso de sacerdotes, por la autoridad de la que están investidos y por la poderosa institución mundial a la que pertenecen.

Se debe investigar a fondo en los distintos países y enjuiciar penalmente a los culpables. La Iglesia debe reparar a las víctimas de todos los modos posibles. No basta pedir perdón ni asumir la vergüenza. (O) 

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