¿Hay vida después del progresismo latinoamericano? (II)

- 13 de abril de 2016 - 00:00

Al progresismo latinoamericano hay que juzgarlo por su línea discursiva (llegó a proponer el socialismo del siglo XXI, ahora menos) y por aquello que pudo aplicar en cambios políticos para alejarse del neoliberalismo, dos ejemplos, empujar la democracia participativa y cierta timidez en admitir la diversidad plurinacional e intercultural de los países. El recorrido ha sido con apoyo popular mayoritario, interpretado por el liderazgo como señal para radicalizar discursos y algunas acciones mediante leyes de carácter económico, para gambetear el dominio imperial estadounidense e intentar una diplomacia soberanista. La vida (en percepción biopolítica) fue menos hostil en las naciones gobernadas por este pensamiento modificador.

El progresismo de estos lustros acude a líderes rupturistas, hombres y mujeres, que cuestionando la legalidad (¿burguesa?) deciden recorrer el camino mejorando las pisadas, caminando se decidirá si se reorienta el rumbo, si se disminuyen ritmos y se aseguran o negocian eso que se consolidó (por ejemplo en el tema laboral, económico y ambiental). El barómetro de certezas confirmaba rutinariamente la bondad de los tiempos políticos y algunos tropiezos no alcanzaban categoría de malos presagios; hoy ya lo son, por resultados electorales desfavorables y la crisis económica internacional. Entonces, se verá cuántas vidas le hacen falta al progresismo para enfrentar al neoliberalismo catastrófico.

Desde Argentina hasta El Salvador, pasando por Ecuador, el tema que más minutos mediáticos consume es el de análisis económico como expresión política de las fatalidades nacionales, es fortaleza opositora, aunque hasta un reloj detenido da dos veces al día la hora exacta. Cerebros de izquierda y derecha explican el supuesto despilfarro del dinero fiscal, en todos los países del progresismo. La diferencia entre ellos es en el tono de voz, pero las profecías son idénticas y las confirma CNN, en español, para eliminar dudas. Ellos predicen que el día de la marabunta o el reajuste bestial de las cuentas a lo Mauricio Macri será al otro día de la ‘restauración conservadora’. Es innegable la severidad de los problemas económicos, salvo Bolivia, pero una crisis no expulsa a la política de la gestión y de los resultados.

La gran estafa de la oposición neoliberal, reconociendo que no es difícil dramatizar los problemas económicos, es reducir a la ciudadanía a estómago y bolsillo, es sofocar con cifras verdaderas o no el emprendimiento político de la gente, es, en definitiva, instalar el pesimismo como insoportable estado ánimo colectivo. Ya no son obras que potencian el ejercicio cotidiano de la vida ciudadana, nada de aquello, es el desborde malvado de ingenio para compararlas con una necrópolis majestuosa, suntuosa e inútil, para unos y dispendiosa para otros. Ese enjambre comunicacional de despolitización es el arma mortal de los sectores reaccionarios de la oposición. (O)

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