Han nunca estará solo

- 29 de mayo de 2018 - 00:00

A fines de los 70, cuando Star Wars era la gran novedad en nuestro universo infantil, a la hora del juego la cosa se dividía. Había quien blandía lo más parecido que hubiera a un sable de luz y simulaba dominar los caminos de la Fuerza. Las chicas se decantaban obviamente por Leia, que era princesa pero también guerrera. Pero muchos preferíamos ser Han Solo.

Nosotros buscábamos un chaleco negro y algo que pareciera un blaster para ser Han Solo, Han Solo con las patas arriba de la mesa en la taberna espacial, Han Solo disparándole primero a Greedo, Han Solo siempre canchero, Han Solo fanfarroneando un “Lo sé” como contestación a la frase “Te amo”. Pocas cosas dolieron tanto como salir del cine dejándolo congelado en carbonita y en manos de Boba Fett.

No por predecible la muerte de Solo en El Despertar de la Fuerza fue menos dolorosa: el lastimero aullido del wookie fue también el nuestro. Pero al menos para entonces ya sabíamos que el LucasFilm de Disney le había dado luz verde a su propia película, la historia que pedíamos a gritos.

Y entonces, un buen día Han volvió de nuevo. Ya se ha dicho por aquí que JJ Abrams ha sabido revitalizar una saga que el propio George Lucas cargó de excesiva gravedad en las precuelas y también que el spin off Rogue One es quizá la mejor de toda la serie. Por eso, también había tanta expectativa con Solo.

¿Será por eso, entonces, que uno siente que a este esperadísimo spin off del universo Star Wars le falta un golpecito de horno? ¿Será que uno está sugestionado porque sabe que el estudio Disney consideró que Phil Lord y Christopher Miller, responsables del espíritu lúdico de La gran película Lego y Lluvia de hamburguesas, se habían pasado de rosca y los puso de patitas en la calle? A Solo le falta algo de salvajismo, de esa anarquía que solo Han y Chewie, largándose al delirio de perseguir en franca inferioridad numérica a un pelotón de Stormtroopers por los pasillos de la Estrella de la Muerte, pueden desatar.

No es que Alden Ehrenreich no dé el piné: el actor californiano ya mostró sus dotes como el marmóreo actor de westerns de Hail, Caesar!, y puso lo que se imponía para que su Han Solo tenga la necesaria inocencia juvenil combinada con los primeros brotes del pragmatismo amoral que supo patentar Harrison Ford.

El problema es que esos momentos en que Han es el Han que aprendimos a querer no terminan de contaminar a toda la película. (O)

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