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Ecuador/Vie.30/Jul/2021

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José Velásquez

Guayasamín y la gente

15 de marzo de 2021 00:00

Le decían maestro, pero en realidad fue escuela. Oswaldo Guayasamín dejó el cuerpo en Baltimore (EE.UU.) un mes de marzo hace 22 años y marchó a su merecida inmortalidad. Nos dejó, eso sí, un legado adicional de sabiduría.

No era carismático ni tenía una sonrisa cautivante. Todo lo contrario; solía lucir áspero porque quizás no tenía tiempo que perder en su lucha cuestionadora. “Mi pintura es para herir, para arañar y golpear a la gente”, insistía. Alguien podría decir que su arte contestatario era un gesto de resentimiento, pero expresar a gritos las injusticias no es necesariamente un ejercicio de aborrecimiento sino el derecho a mostrar su desacuerdo con el sistema.

Eso es lo que no todos entienden hoy en Ecuador. Tenemos líderes que solo piensan en el poder como un instrumento de revancha. Por eso Jaime Vargas no es muy distinto a Rafael Correa. No es solo el discurso lleno de rencor sino la agenda incendiaria y ajusticiadora. Y aunque Andrés Arauz promete que “el odio pasó de moda”, las tendencias no las impone el aprendiz sino el diseñador en jefe. Catorce años de insultos, amenazas, descalificaciones, persecuciones y abusos no dejan un saldo a favor en la cuenta de la confianza.

Claro que si Guayasamín estuviera vivo seguramente hubiera reeditado su fecundísima “edad de la ira” impulsado por la cadena de desaciertos en la gestión pública. Hay sólidas razones para indignarse: desde nuestras paupérrimas autoridades seccionales con grillete hasta ese festival de la improvisación, el destiempo y la palanca llamado Plan Vacunarse.

Pero una cosa es la frustración colectiva y otra cosa es la venganza programada. Lo primero nos invita a votar mejor para que dejemos de creer en promesas de plástico y recomendaciones de terceros. Lo segundo nos obliga a tener memoria a la hora de pararnos frente a la urna electoral. Es el ajuste de cuentas lo que causó las matanzas en las cárceles hace apenas algunas semanas. Es el odio de clases y el resentimiento irracional lo que disparó las manifestaciones de octubre de 2019. Es el corazón envenenado y la cabeza putrefacta e iracunda lo que está detrás de los feminicidios. Es el complejo de inferioridad el que no permite que actuemos como una sociedad cohesionada. Son el racismo y el regionalismo los que generan segregación y acaban con las oportunidades.

Guayasamín decía que “lloraba porque no tenía zapatos hasta que vi un niño que no tenía pies”. El aterrizaje forzoso a la realidad no es una excusa para destruir sino una motivación para sobrevivir. Acabo de regresar de Guayaquil y estoy conmovido con el alma guerrera de su gente. Estoy seguro que esta ciudad no se levantó apuntando dedos, echando culpas o disparando contra los que tenían una visión distinta. La ciudad que agonizó en abril está viva hoy gracias a la solidaridad y a la voluntad de avanzar sin doblegarse. Aquí no hubo ni hay espacio para la animosidad y la ira. El guayaquileño metió el hombro porque entendió que el veneno, los lamentos y cualquier forma de linchamiento eran simplemente inútiles. 

Razón tenía el maestro Oswaldo cuando confesaba que “no hemos perdido la fe en el hombre, en su capacidad de alzarse y construir”. Que sigan enroscados en sus rincones los artistas del odio. Este país necesita una bitácora edificadora, inclusiva y sostenible que nos convoque a días mejores y que nos saque del hueco donde estamos. 

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