El gobierno de los peores

- 25 de octubre de 2018 - 00:00

Los rezagos de una década ignominiosa no dejan de hacer mella. Los tentáculos de una “revolución” corrompida hasta sus entrañas siguen teniendo alcances insospechados. Se trata de una sofisticada organización que hizo suyas las arcas del Estado, que profundizó defectos añosos de la vieja política que pretendió erradicar. Pero no solo no lo hizo, sino que la reinventó, la potenció y la perfeccionó en sus defectos.

Censores impertérritos de la prensa, enemigos de las libertades fundamentales, de los movimientos sociales; con funcionarios dispuestos a callar, a mirar a otro lado, a dar la espalda, casi siempre por un sueldo generoso, casi nunca por convicción ideológica.

Todo, al amparo de una cacareada meritocracia que jamás se llegó a materializar, que fue negada en todos sus aspectos. Y, peor aún, con la presencia de casos que van más allá de la simple corrupción, como los abusos cometidos en varias escuelas de todo el país: acallados, encubiertos, silenciados (al parecer para salvar el supuesto “buen nombre” del proyecto). Imperdonable.

Por otra parte, el Legislativo y la Justicia cayeron totalmente en las manos del Ejecutivo. En particular, la justicia fue atiborrada -con pocas y honrosas excepciones- por jueces marionetas, generalmente limitados en sus conocimientos jurídicos (cuando no en su ortografía), indignos y advenedizos personajes que llegaron incluso a las altas cortes, como la Constitucional. Ellos pasarán a la historia como obsecuentes y tristemente célebres siervos de un diseño autoritario.

Y como si esto fuera poco, nos quedan también los proyectos faraónicos convertidos en elefantes blancos, algunos paradigmáticamente innecesarios. Basta recordar aquella “refinería” que no es sino un terreno aplanado que costó alrededor de $1.300 millones. Ello, en un país pobre, tan lleno de otras necesidades, significa una afrenta injustificable.

Para colmo, no se ve claramente una vía de salida. Se aprecian ciertos correctivos, pero la así llamada “cirugía mayor” a la corrupción parece más bien la simple sutura de una herida menor. Sin embargo, no se trata de una herida leve, sino de un tumor canceroso que debe ser extirpado antes de que haga metástasis o vuelva con todas sus fuerzas.

Por supuesto, no se puede permitir que lo haga porque su diseño es incompatible con la democracia y la transparencia. Un reconocido filósofo de la política lo llama “kakistocracia”: el gobierno de los peores. (O)

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