¿Está muerto el progresismo latinoamericano?

- 04 de noviembre de 2015 - 00:00

No han enterrado aún al progresismo ¿muerto?, pero los analistas de las izquierdas partidistas (no digamos de las derechas) ya le han rezado novena para completar los términos emocionales del funeral. ¿Está realmente muerto o moribundo el progresismo latinoamericano? Algunas encabronadas mentes de las ciencias sociales enmendarán, con sus análisis, esta jam-session y dirán: muerto no, matado. Este jazzman busca el otro sendero del análisis en tres toques de cununo. Uno: no hay fin si es un proceso político, solo avances y detenciones. Dos: por muy elocuentes que sean los razonamientos opositores, serían explicación de sus anhelos mediante literatura. Tres: por la veracidad de algunos errores, no se debería dictar sentencia de muerte.

El movimiento afroamericano trabaja evaluaciones parciales de los aciertos (y desaciertos) de los gobiernos progresistas. En gran medida las completa, pero con las gafas distorsionadoras del izquierdismo eurocéntrico, por eso camina con dudas de quien no ve alternativas o si las comprende podrían ser peores. Uno de los peores errores del progresismo fue creer que hay ‘capitalismo con rostro humano’ y que desde un gobierno, de mayoría electoral, hay posibilidades de sostenerlo sin intentar superarlo. Hugo Chávez habló al inicio con entusiasmo del socialismo del siglo XXI, se ensayaron algunas propuestas desde la economía política (se escribieron dos o tres cosas) y hasta ahí llegó todo, porque las mentes de la teorización se ubican en otros lugares, menos en Afroamérica e Indoamérica.

En Bolivia se habla desde la tarima, sin mucho acento en la teoría, del socialismo comunitario; en Venezuela, el socialismo bolivariano es énfasis panegirista en la personalidad de Simón Bolívar; y en Ecuador, unos pocos sin convicción cierta hablaron del socialismo del Buen Vivir. En los otros países sintonizados con el progresismo se cumplieron algunas acciones políticas que apenas alarmaron a los sectores más reaccionarios, aunque en la mayoría de los casos se sintió la solidaridad intergubernamental cuando fue requerida. Y en esas se estaba cuando llegó la crisis de los precios de las materias primas (los commodities); las preocupaciones de los gobiernos se convirtieron en optimismo del mapa opositor.

Es innegable, la buena o mala salud de la economía nacional hablará en las urnas, pero no es verdad que sea lo único que pueda liquidar el proceso progresista. También erosiona apoyo popular, pero no hay una correspondencia inmediata con el crecimiento favorable de la oposición; en el caso de Ecuador y Bolivia el liderazgo de Rafael Correa y Evo Morales tiene alta credibilidad; un poco más difícil es en Venezuela. Sin ser un error a corto plazo, la narrativa política del progresismo latinoamericano es un balance de cuentas y se degrada el ejercicio político en ver las costuras opositoras. Las preocupaciones del liderazgo se sienten como crisis de identidad y en la carencia de rumbos. (O)