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José Valés

Esa trampa que llaman posverdad

05 de marzo de 2021 00:00

Atravesamos lo que las ciencias sociales calificaron como la era de la posverdad, en la que lo común es distorsionar la realidad, ya de por sí demasiado dura, apelando a las emociones. ¿El fin? La manipulación de la opinión pública y de la sociedad por vía de las emociones.

Fue quizá Donald Trump su exponente más reconocido al instante, pero el mundo se fue regando de ese tipo de dirigentes, políticos, líderes, que se pretenden inmunes a la verdad. En ese sentido, nosotros, tercermundistas al fin, no nos podemos quejar. La repartija global en ese aspecto parece bastante equitativa. Al menos tenemos algunos ejemplares para mostrar y no hacer papelones en las grandes ligas de la manipulación constante. Y es que a eso, y poco más, quedó reducida la política. Una demostración fidedigna de que no sólo de Messi y Neymar estamos hechos por aquí abajo. Y no es por jactarnos, pero de esas desigualdades múltiples —y no solo sociales— que hoy afectan a la humanidad tenemos para exportar si hiciera falta. De todo tipo de cepas y en plena mutación como para que la mano de obra en las ciencias sociales acabe por resultar escasa.

El reciente fallo contra el expresidente francés Nicolas Sarkozy (2007-2012) es una manifestación más de que políticos con el perfil del recientemente fallecido Carlos Menem (1989-1999) o Alberto Fujimori (1990-2000), y su permanente producción de anticuerpos contra la honradez,  tienen la patente liberada desde hace rato. Pero como la verdad no tiene remedio, los Trump, los Bolsonaro, los Daniel Ortega (y siguen las firmas) suelen esgrimir dos conceptos perimidos como dagas y avanzan sin cuartel por todos los flancos con sus “ejércitos” equipados con las armas más letales: el iPhone y Twitter.

 Ya está dicho hasta el cansancio, que la democracia experimenta su crisis de extinción y, en el medio, el rol de las oposiciones se difuminan. Es entonces cuando presidentes o jefes de gobierno tienen la imperiosa necesidad de construir un opositor fácil, visible, donde el cada vez más escaso intelecto de todo aquello que puebla la política pueda descargar una y cada una de sus frustraciones y mentiras para construir algo parecido a un discurso.

¿Qué mejor que los periodistas, flotando aún en la crisis global de los medios de comunicación, como una oposición que no presenta candidaturas pero puede colaborar a dirigir las decisiones?

Y a la hora de escoger la oposición predilecta, porque la otra, la orgánica, la que se desorganiza en los partidos y se presenta como la antítesis del que ocupa el poder en tiempos de posverdad, suele ser funcional. Bolsonaro y Ortega, Álvaro Uribe y Rafael Correa —como para nombrar también a vitalicios en actividad— no son ni de derecha ni de izquierda, son… Como le gustaba decir al cineasta argentino Leonardo Favio, cuando le preguntaban qué era para él el peronismo.

Días pasados, periodistas de todo el mundo se pronunciaron contra la criminalización del ejercicio periodístico en la Nicaragua “tan violentamente amarga”, que casi con seguridad hubiese escrito hoy Julio Cortázar. En Argentina, otros tantos arroparon a Santiago O’Donnell, a quien se lo intenta llevar a la justicia por su libro sobre el expresidente Mauricio Macri y las maniobras y presuntas irregularidades de sus empresas familiares. En Perú, Paola Ugaz y Pedro Salinas siguen esquivando las bombas de descrédito envueltas en papel de Justicia por haber investigado a un sector de la Iglesia católica por el abuso de menores y la corrupción, y todavía más cerca, la directora de este periódico, Carla Maldonado, víctima del acoso sistemático de un sector político con el expresidente Correa a la cabeza, recibió el respaldo de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP). Todo esto sin olvidar a los cientos de periodistas asesinados en México o algún lugar del mundo, por ese otro brazo armado de cierto sector del poder que suele ser el narcotráfico.

No es una cuestión de banderías ideológicas. El sociólogo francés François Dubet publicó “La época de las pasiones tristes” (Siglo XXI, 2020). En ese trabajo explica con detalles cómo en una era de desigualdades múltiples el gran desafío de todo aquel que venga trabajando en la acción por los más necesitados haga de la ética un patrón de conducta inalterable (Salvador Allende in memoriam) y de la defensa acérrima del medioambiente (como para que la vida de Chico Mendes no haya sido en vano), es volver a recrear el terreno de la izquierda. Una “izquierda” representada hoy por versiones adaptadas de León Febres Cordero, o meros aprendices de guitarra, que toman el instrumento con la izquierda y lo tocan con la derecha.

Estamos ahí. Con las sociedades afectadas por la maquinaria de la simulación constante, inmersos en esa trampa que acaba lenta y constantemente con los patrones políticos de otrora, con las instituciones y con aquellos que todavía se atreven a seguir contándolo. Anteponiendo su profesión a sus intereses políticos y, muchas veces, personales, para reconstruir eso que los apellidos del poder suelen hacer añicos en sus recurrentes fiestas de autoritarismo y que todavía conocemos como verdad. (O) 

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