A Eloy Narea, in memoriam

- 23 de abril de 2019 - 00:00

Tengo la suerte de ser el sobrino político de Cecilia Narea, una persona maravillosa donde las hay. Gracias a ella, además, pude conocer a su padre, el famoso artista Eloy Narea, quien falleció hace pocos días en la ciudad de Quito, a los 93 años. Por cosas de la vida, el último cuadro que Eloy pintó fue un regalo para mí: una copia de “La madre obrera”, su cuadro más famoso. Estoy seguro de que no he hecho nada especial para haber sido merecedor de un obsequio tan generoso, invaluable.

Hace algo más de un año le hablé a mi tía de las veces en que, cuando niño, me quedaba mirando el cuadro original, colocado en la sala de su casa. El nombre de la pintura me parecía armonizar perfectamente con sus trazos –hasta me pareció impresionante no haber sido capaz de adivinarlo– aunque se tratara de una obra llena de símbolos, sin rostros: solo un vientre, un par de manos y varias herramientas junto a otros tantos frutos de la tecnología que dan forma a una especie de máquina que hace de fondo. El señor Narea (así le he dicho desde que recuerdo), a pesar de su párkinson, jamás dejó de pintar y nunca dejó de ser desprendido.

En realidad, que me haya obsequiado el último cuadro que pintara es solo una coincidencia temporal, un regalo del azar. Sus cuadros, sus vitrales, sus murales adornan casas, plazas e iglesias (dentro y fuera del país). Una parte de ellos han sido declarados patrimonio cultural. Sus hijos e hijas han continuado con ese legado en la compañía familiar, Cevidec. Eloy, cañarejo nacido en Solano, vivió en varias ciudades del país, donde fue aprendiendo a darle forma a su arte.

En efecto, el señor Narea fue en gran parte un autodidacta. Y luego, también, un innovador. De ello da testimonio su trabajo con la cerámica y el vitral. Hace pocos meses, el Instituto Metropolitano de Patrimonio le entregó un reconocimiento por su carrera. Él lo aceptó con humildad, haciendo hincapié, en cualquier caso, en que nunca dejó de trabajar. Incluso, por lo que sé, aprendió a pintar con su mano izquierda cuando alguna vez una caída hiciera que su brazo y su mano derecha sufrieran alguna fractura.

Una muestra más de su compromiso con el arte. Esta columna pretende ser un homenaje modestísimo a una gran persona, un gran artista. La otra forma de agradecerle será conservando con cariño aquel cuadro que me acompañará siempre. (O)

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