El Torreón de Ibarra

- 24 de mayo de 2014 - 00:00

Con el cambio de siglo llegaron las novedades. En 1900, Thomas Alva Edison había inventado la luz, con sus lámparas iluminando la noche en Nueva York y hasta un fonógrafo que guardaba las voces del mundo. Esas noticias se conocieron en Ibarra, y la urbe, que aún no terminaba de reconstruirse del terremoto de 1868, se propuso también ser una ciudad moderna con su propio teatro.

Los ibarreños no querían un escenario común, por lo que decidieron contratar al mejor arquitecto de aquel entonces, el alemán Francisco Schmidt, quien construyó el Teatro Sucre de Quito, de estilo neoclásico con frontispicio inspirado en el Partenón griego, por pedido de la culta Marieta de Veintimilla, sobrina de Ignacio de Veintimilla, el dictador de finales del XIX.

Sin embargo, eran tiempos difíciles para el país, y los ibarreños no contaban con los 111.000 sucres que costó el teatro capitalino, así que les quedaba otro elemento de la modernidad: un reloj, que sería instalado en lo que ya habían llamado El Torreón. Además, los recursos fueron destinados a construir la casa de la Gobernación, el hospital y la cárcel, por el mismo Schmidt, quien, de todas maneras, visitaba frecuentemente la ciudad de las paredes blancas.

Pero el tema del reloj, uno de los símbolos de la modernización liberal, fue arduo. La Iglesia, a regañadientes, cedía de a poco su papel hegemónico y sus tierras en la organización estatal, mientras la Revolución Liberal, liderada por Eloy Alfaro, impulsaba el laicismo y la educación. En este contexto, el gobernador de Imbabura, el alfarista Ricardo Sandoval, tuvo noticias de que uno de los hombres más ricos de la región era precisamente el canónigo Vicente Chávez. Así que una mañana fue a visitarle y sin tapujos le solicitó una contribución para el reloj, que debía ser fabricado en Alemania con medidas específicas.

Como eran tiempos de convulsión para la Iglesia, el sacerdote no podía negarse, así que pidió consejo a su cuñado Isaac Acosta, quien era un hábil relojero. Pero como antes los alfaristas ya habían solicitado caballos para sus luchas armadas, mejor el clérigo ofreció, de su propio peculio, la mitad de lo que costaba el reloj. Por fin, después de otros periplos, en 1906 se colocó el magnífico reloj de tres esferas de un metro de diámetro, campana para las horas y sus fracciones y con cuerda para ocho días. Pero el cura Chávez, donador obligado de 400 sucres, tenía un as sobre la manga de la sotana. Después de la solemne misa dijo unas últimas palabras, con una mirada pícara: “Cuando el reloj dé las 12, se acordarán de mí”.

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