El puño invisible

- 18 de marzo de 2016 - 00:00

El neoliberalismo es el producto de una contradicción que nace de la acumulación de capital y la incapacidad de los partidarios de la socialdemocracia de defender los intereses de la clase obrera. Una clase que no es representada dentro del sistema político y es dejada con una alternativa que favorece a las corporaciones, a la vez que desarticula a los sindicatos. La consecuencia es una progresiva contradicción del estado de bienestar, o del Buen Vivir, donde se reorganiza el poder de clase a partir de líneas considerablemente más inequitativas y riqueza altamente concentrada. Nuestro neoliberalismo latinoamericano es un producto de ese cambio doctrinario del keynesianismo hacia la teoría clásica pura, el individualismo, y la naturaleza atomizada de la acción económica, mejor caracterizado por Margaret Thatcher cuando dijo: “La sociedad no existe”. Y si bien el neoliberalismo latinoamericano dejó niveles de inequidad, pobreza, desempleo y gobierno manejados por corporaciones, los crecientes niveles de privaciones materiales y exclusión política no produjeron las movilizaciones radicales de décadas pasadas, las que eran reprimidas por otros gobiernos. El neoliberalismo fue más bien recibido con un gemido tenue.

Por lo menos así lo fue hasta esa nueva ola llamada progresista de mediados de la década pasada. Pero incluso estos movimientos resultaron, post hoc, menos organizados y menos revolucionarios que lo que inicialmente predicaban. Y lo que parece una contradicción se entiende si conceptualizamos al Estado como una macroestructura, relativamente independiente de las élites, pero alineada a su objetivo último de preservar la composición y relación de clases existente. Tanto el Estado como las élites compartiendo un interés por mantener a las no élites en su lugar en la sociedad, y en su trabajo en la economía. Ya sea por coerción o por concesión. Como lo demostró el neoliberalismo, por desmovilización. La liberalización en las economías industrializadas llevó al Estado a buscar la compensación de los perdedores del capitalismo a través del estado de bienestar, como un mecanismo para evitar -o como respuesta a- las movilizaciones sociales. Nuestro liberalismo se impuso tanto en una economía de mercado, como en una reducción del Estado. Si los Estados evitaron subir la carga impositiva para compensar a los perdedores de la liberalización económica, debieron elevar el costo de movilización para evitar reacciones sociales. La desarticulación en el neoliberalismo es, primero, orgánica. Sus efectos redistributivos favorecen a los capitales móviles (como los intermediarios financieros y las transnacionales… o China), poniendo presión en el sector manufacturero y llevando a trabajadores al informal. Crece la demanda en los sectores desarticulados, mientras que pierden su posición aquellos a través de los cuales se posicionaron los sindicatos.

A este proceso se suma la alienación constante del trabajador, tanto física como de conciencia. Es todo ese eufemismo sobre la ‘flexibilización laboral’. Todas esas reformas que llevan hacia horas de trabajo extendidas, subcontratos y limitada negociación colectiva de contratos. Horas más largas significa menos horas para organizarse y asociarse. Mayor competencia por esas horas significa menores salarios. Los subcontratos reducen la fuente de trabajadores sindicados. Y luego la incapacidad de negociar colectivamente los contratos les da ventaja a los trabajadores no sindicados, reduciendo los beneficios de asociarse. Es el puño invisible del capitalismo. La reducción del conflicto y un falso sentido de paz, que no es más que la desarticulación de los actores sociales en el proceso democrático y la consolidación de la plutocracia. Y lo que nos queda es eso: una sociedad desarticulada o, peor aún, articulada a través de los intereses de otras élites. (O)