El 'ojalá' de esta jam-session

- 04 de mayo de 2016 - 00:00

Ojalá que esta mañana, justo en el minuto que usted abrió los ojos, se haya descubierto ese talante de buena gente que es (que somos o que intentamos ser) casi siempre, menos cuando somos peores, porque la mala leche no tiene credo político ni se justifica con ideologías, solo somos esa persona cuidando que no se gasten las mejores emociones ni la melodía arrulladora del duchazo cómplice de cada empeñoso desafinamiento. Seamos la buena gente de la publicidad para otros: All need is ecuadorian peoples. Chévere, pero también para nuestros vecindarios, aunque desconfiemos de la caterva ruidosa que trafica comentarios en la esquina y sabe más de todo que todas las enciclopedias. Y volvemos al inconsciente repaso de esa secreta fatalidad, a la cual Luis Eduardo Aute le puso versos: “Qué terriblemente absurdo es estar vivo sin el alma de tu cuerpo”. De aquellos cuerpos queridos de nuestra niñez, pubertad, adultez o vejez crepuscular. Se ama, créanmelo, la lírica del bulto acostumbrado.

“Ojalá que las hojas no te toquen el cuerpo cuando caigan, para que no las puedas convertir en cristal”, es el supremo desquite, en términos de justicia poética, con esas enemistades íntimas. Es trova bluesera proveniente del reconcomio de los arbitrios emocionales, de la morada sencilla de todos los axês dichos porque al querer ser buena gente nos reflejamos en el espejo social; son esos días hechos para las preguntas decisivas: ¿Dios es hombre o mujer? ¿Por qué los desacuerdos entre nosotros ganan siempre por goleada? ¿Por qué la política práctica no corresponde a su esencia filosófica?

Ojalá. Iaw sha’a Allah, o sea, si Dios quiere, en árabe. Un condicionante tremendo, porque se supone que aquella voluntad infinita depende de su humor para otorgar favores a esa abigarrada geografía de plegarias. Es ese Alguien que a fuerza de intuición hemos construido y reconstruido en meditaciones descifradoras para apuntalar la fe individual. Esa confianza imprecisa condiciona el otorgado libre albedrío a cada descamisado o con smoking; sin discusión cuando se habla de libertad política, pero sujeto a una decisión proveniente de ¿las alturas? ¿O del horizonte matinal? ¿O de la sabiduría prescrita para abuelos y abuelas? Ojalá, trovador de por medio, es la revancha inaudita, ya libre de rencor, del primer amor que se perdió calle arriba y no volvió a pasar por nuestra ventana de juventud primera. Son las esperanzas tristes de los boleros de antes, muy surtidos de pesares para atender la sensiblería de la buena gente.

Ojalá se cumplan los mejores deseos de la buena gente ecuatoriana que reza con la fe sofisticada de su simplicidad barrial o rural; el ojalá comunitario de mi gente negra con sus santos negros (orishas) más accesibles que los otros; el ojalá después del alabao cantado a sus difuntos y el vacío infinito de la pérdida; el ojalá de creer en nuestros mitos como metáforas de las verdades históricas y antropológicas de las comunidades. (O)

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