El mito del respeto a la mujer

- 27 de octubre de 2017 - 00:00

Cuando oímos hablar de la familia, siempre escuchamos evocarla con clichés que reducen a unas palabras toda la profundad complejidad de sus estructuras con sus diversos matices y contradicciones. Se la llama ‘hogar, dulce hogar’; o se habla de la ‘paz de la intimidad familiar’; pero no siempre es un hogar, el cual -a veces-, por injustas relaciones intrafamiliares, ha devenido en ‘nido de horror’; y la ‘paz’, en una guerra civil saturada de situaciones violentas que afectan de manera dolorosa a todos sus miembros. Es el fantasma de la violencia doméstica, fantasma que se instala en el corazón de las familias provocando rupturas, incomunicación, terror.

Fantasma porque aparece invisible ante los ojos interesados de la sociedad que, con todo su solemne ropaje jurídico, político y religioso, la niega o silencia. Y sin embargo, negadas o silenciadas, sus víctimas están allí, todos los días, presas de la violencia cotidiana de sus hogares. Cuando los hechos violentos son notorios: crímenes, violaciones (las palizas diarias no cuentan), la sociedad los señala, no siempre para juzgarlos con rigor sino, paradójicamente, en una tramoya deplorable de argucias soterradas, inculpar a la misma víctima de provocar estas situaciones.

La sociedad es cómplice de la violencia doméstica porque es ella la generadora de la misma. Es el surtidor, la madre. Una sociedad machista solo puede propiciar situaciones de injusticias y de violencia. Adopta la actitud de Pilatos cuando la violencia doméstica deja de ser solo un fantasma que asusta a ratos, para convertirse en alma en pena que asuela con sus gritos y lamentos los laberintos de lo social. Entonces marca la problemática familiar con el sello adusto de ‘lo privado’, ‘lo doméstico’, divorciándola de ‘lo público’, ‘lo social’, rehuyendo cualquier responsabilidad dentro del ámbito interno de la familia.

La violencia en las relaciones intrafamiliares la sufren las mujeres y los niños que son los sectores más desvalidos de una sociedad que aún coloca en vergonzosa subordinación a la mujer; y en el sentido de propiedad reflejado en el espíritu religioso del matrimonio por el cual el hombre considera de su propiedad a su mujer e hijos, dueño de sus almas y de sus cuerpos.

La cultura patriarcal está sustentada en múltiples mitos, asumidos en el imaginario colectivo. Estos mitos violentan la humanidad de la mujer. Seguro que los conocen. En las consciencias medievales del siglo XXI aún se defienden: "Es deseable que el primer hijo sea varón". "La mujer vale si es virgen". "La meta de la mujer es el matrimonio". "La mujer que no se casa, queda para vestir santos". "La mujer se realiza siendo madre". "Una madre para cien hijos; padre, para ninguno". "La mujer no solo debe ser honesta, sino parecerlo". "El hombre es de la calle y la mujer de su casa". "La mujer es débil, el hombre, fuerte". "Hay profesiones que no son propias de mujeres". "La mujer es sentimental y romántica". "El hombre es cerebro; la mujer, corazón". "El hombre vale porque hace la plata". "La mujer no rinde en el trabajo como el hombre". "Las mujeres bonitas son tontas". "En peleas de marido y mujer nadie se debe meter", etcétera.

Todas estas ideas son como los hilos invisibles que la sujetan y limitan recordándole permanentemente su segundo puesto, su segunda categoría, su ‘segundo sexo’. Cuando la mujer rompe el hilo milenario de aquellos mitos, a la sociedad patriarcal le da escozor. Provoca inquietud, asombro, críticas.

¿Acaso existió siempre esta violencia? ¿Cómo se originó esta sorda confabulación? Federico Engels señala en El origen de la familia: "El derrocamiento del derecho materno fue la gran derrota histórica del sexo femenino. El hombre empuñó las riendas en la casa; la mujer se vio degradada, convertida en la servidora, en la esclava de la lujuria del hombre, en simple instrumento de reproducción". La primera división del trabajo, de acuerdo a Marx y Engels, "es la que se hizo entre el hombre y la mujer para la procreación de los hijos. El primer antagonismo de clases que apareció en la historia coincide con el desarrollo del antagonismo entre el hombre y la mujer en la monogamia; y la primera opresión de las clases, con la del sexo femenino por el masculino".

Con la propiedad privada nace el marido propietario. La mujer convertida en mercancía, devaluada como persona, solo ganaba plusvalía si cultivaba devotamente sus virtudes morales y ‘femeninas’. A saber, la sumisión, dulzura, el ser ‘bien mujercita’ (cocinar, lavar y obedecer) porque eran precisamente esas características las que se necesitaban para ser la ‘guardiana del hogar’; la ‘reina de la casa’, para mantener atada a esta reina sin mando con un invisible cordón al interior de su casa y a la voluntad de su marido. De lo que es fácil deducir que somos crianza del sistema, elaboración compleja realizada en los laboratorios de la sociedad patriarcal que pretende naturalizar lo que es solo construcción social. (O)