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José Velásquez

El médico que nació en Nochebuena

28 de diciembre de 2020 00:00

No salió de ningún partido ni se autopromocionó en redes sociales. Hizo su carrera lejos de cámaras, tarimas y caravanas. No ofrecía milagros, no vendía cursilerías y tampoco bailaba la música que otros tocaban. Su pilar fue siempre la ciencia y en medio del pánico propio de este aterrizaje forzoso llamado 2020 la voz calmada de Anthony Fauci se hizo escuchar.

Estados Unidos cierra el año con más de 330.00 muertos y casi un cuarto de todos los casos en el mundo. Solo el estado de Texas presenta más casos que Argentina. El virus se dispersó violentamente en un país maniatado por la calculadora electoral y la falta de decisión. Muchas de las escenas que vimos en Guayaquil se repitieron en Nueva York. Cuando el discurso político corría en círculos el país descubrió a este personaje de pelo blanco al que presentaban como miembro del equipo especial de la Casa Blanca para combatir la pandemia.

Otro burócrata más detrás del micrófono, habrá pensado la mayoría, pero Fauci no tardó en lucir el músculo del conocimiento para ganarle la pulseada a la retórica populista. Desmintió al presidente Trump apenas seis días después de anunciar muy suelto de huesos que el virus desaparecería con la llegada de la primavera. La entereza de Fauci resultaría una audacia sin nombre en Ecuador, donde seguimos oyendo casi a diario que tenemos el mejor manejo de la crisis en la región. Dicho sea de paso, la covid-19 ya es la primera causa de muerte en el país pero aquí seguimos comiendo cuento.

Por supuesto, a los gobiernos no les gusta cuando alguien contradice la versión oficial o arruina con evidencias científicas el discurso del presidente. Pero Fauci no entró por la ventana: es director del Instituto de Alergias y Enfermedades Infecciosas desde 1984, desde donde lideró iniciativas para combatir el virus del Nilo, el sars y el ébola. Cuando el sida y el VIH aterrorizaban al mundo, convenció a la Casa Blanca de enfrentar la crisis seriamente y trabajó con activistas en la prevención, y con las farmacéuticas en el desarrollo de drogas que reduzcan la mortalidad.

Así es que cuando el presidente Trump dijo al calor de la campaña que el país estaba “harto de escuchar a Fauci y todos estos idiotas”, realmente estaba enfrentando a la ciencia con la demagogia. Una encuesta previa a las elecciones mostraba que el 72% de los votantes apoyaba la postura mesurada y conservadora de este defensor a ultranza del uso de la mascarilla, del cierre de colegios y del trabajo remoto. Y el candidato-presidente, parado en la vereda opuesta, perdió las elecciones. Aquí una pausa dedicada a nuestros aspirantes de rostros descubiertos que rocían sus babas en medio del discurso o que bailan en las calles y juegan básquet mostrando sus ensayadas sonrisas. Claro que nosotros no tenemos el lujo de tener una autoridad científica con luz propia, pero que sepan los señores que la irresponsabilidad bien podría ser castigada en las urnas.

El doctor Fauci cumplió 80 años en la Nochebuena, sin planes de retirarse y trabajando al menos 18 horas al día. Sabe que el país necesita de su optimismo condicionado a las acciones que se tomen. No tiene tiempo para celebrar el millón de vacunas que ya se aplicaron en Estados Unidos ni para seguir educando a los políticos que insisten en intentar obtener capital político de la tragedia. Su labor es articular las soluciones que se originan desde los laboratorios y explicarle a la gente la responsabilidad colectiva que existe de cara a un nuevo año de ardua lucha contra el virus.

Pero Fauci, que nació en medio de la Segunda Guerra Mundial, sabe que habrá que sumar varias batallas y que posiblemente nunca terminemos de vencer; que hay que afianzar alianzas globales y que hasta los generales más poderosos requieren de críticas y correcciones antes de enfilar sus armas, porque la voz de la esperanza es también la voz de la razón.

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