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José Velásquez

El incendio durante el incendio

09 de agosto de 2021 01:12

Mientras nos ocupamos de correr en todas direcciones para lidiar con la pandemia, otro infierno nos acecha de manera silenciosa. Se ha vuelto una sombra que nos pisa los talones y, aunque no nos guste voltear a verla, tiene la capacidad de ponernos en jaque sin que podamos ofrecer mayor resistencia.

 

Los efectos del cambio climático brotan simultáneamente por todos los rincones. Pensamos que el deshielo de Groenlandia es un evento remoto o que las inundaciones en Asia constituyen una realidad ajena, pero la verdad es que la ruleta de la desgracia nos puede tocar mañana nosotros. Y por estos días la expresión más común del calentamiento global es el azote de los incendios forestales.

 

En Estados Unidos, el incendio Dixie” (aún activo) es el segundo más grande en la historia del estado de California. Redujo a cenizas a la pequeña ciudad de Greenville y la zona afectada, incluida la rural, es más grande que el área urbana de Los Ángeles. De hecho, entre enero y julio de este 2021, Estados Unidos ha perdido entre las llamas el equivalente en bosques a la superficie de la provincia de Bolívar.

 

Paralelamente, en las últimas horas dos incendios arrasaron con unas 150.000 hectáreas en el este de Bolivia, una extensión similar a la de la Reserva Ecológica de Los Illinizas. Y este domingo en Rusia ardieron unas 3,5 millones de hectáreas (un poco más del área de la provincia de Pastaza).

 

Los incendios forestales son sociedades trágicamente exitosas entre las condiciones ambientales y la negligencia de las personas. Estadísticamente, dos de cada tres incendios en la selva o en la montaña son causados, queriendo o sin querer, por la gente. Las altas temperaturas, la sequedad de cierta vegetación y los vientos inusuales hacen el resto. América Central, México y el oeste de Estados Unidos reportan los niveles de lluvia más bajos de los últimos cinco años, y el sur de Brasil vive su peor sequía en el último siglo.

 

El año pasado el gigante sudamericano vio desaparecer bajo el fuego a la cuarta parte del Pantanal, el humedal de agua dulce más grande del mundo. Es tan grande que llega hasta Paraguay y Bolivia pero esta vez se perdieron cerca de 40.000 kilómetros cuadrados, es decir, la superficie sumada de Manabí, Esmeraldas y algo de Imbabura.

 

Y si los incendios forestales resultan ser el rostro más cotidiano del cambio climático, la pregunta es si estamos preparados para atender una gran emergencia o varios focos al mismo tiempo. Y la respuesta, obviamente, es no.

 

En el país sobran los dedos de las manos para contar los helicópteros equipados con bolsas de agua, mejor conocidas como Bambi Buckets. El Cuerpo de Bomberos de Quito tiene un moderno helicóptero para esta tarea, aunque en su momento la Contraloría advirtió situaciones inusuales en el proceso de adquisición. El resto de la flota” está compuesta por el aporte de los militares y de Aeropolicial. Los bomberos quiteños, que cuentan con un presupuesto millonario,  compararon además motocicletas y cámaras térmicas para identificar desde el aire los puntos más calientes. Adicionalmente invirtieron en capacitación. Todo eso luce muy bien pero sigue siendo insuficiente. En California los bomberos trabajan durante semanas en los bosques limpiando la vegetación seca y haciendo zanjas antes de la temporada de incendios.

 

Pero si queremos un caso más próximo, Chile ha invertido unos US$75 millones en comprar y adaptar una flotilla de 51 aeronaves. Tienen aviones, avionetas, helicópteros y drones, y una fuerza de bomberos forestales de unos 3.000 hombres. Mientras que nuestros Bambi Buckets tienen capacidad de unos 450 litros, los chilenos tienen baldes plegables similares con capacidad de hasta 6,000 litros.

  

Otra gran diferencia, además del equipo, es el manejo administrativo. En Ecuador suman esfuerzos los bomberos y las fuerzas del orden. Allí está a cargo la Corporación Nacional Forestal, que es una entidad de derecho privado dependiente del Ministerio de Agricultura. Se encarga además de articular ayudas del sector maderero y canalizar las inversiones; cuenta con un fondo de unos US$85 millones para futuros incidentes. Todos los días expertos monitorean las condiciones climáticas y construyen un mapa de riesgos en tiempo real apoyados por la información entregada por naves no tripuladas que recorren las zonas vulnerables en busca de humo. 

 

Alguien dirá que Chile es un país más solvente y que la industria maderera es tan importante que se mete la mano al bolsillo sin problema para salvaguardar el patrimonio natural. Pero ¿acaso nuestros páramos no son fábricas de agua y nuestras selvas no son pulmones? ¿No debería haber un interés de la industria turística instalada en el oriente, en Mindo, en Galápagos o en la Ruta de los Volcanes por ayudar a financiar un plan de emergencia?

 

La semana pasada Turquía registró temperaturas de hasta 40 grados y enfrentó incendios en 30 provincias. Por supuesto,  hasta que los aviones llegaron desde Croacia, Rusia, Irán y España el fuego hizo de las suyas. Esa costumbre de tratar con indiferencia a las amenazas que nos rodean y reaccionar tardíamente. Nos pasa de manera global con la lucha contra la pandemia y con el compromiso para frenar el cambio climático. Si no nos comprometemos todos y luchamos juntos de manera simultánea, avanzaremos poco y mal.

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