El elogio de la limpieza social

- 09 de octubre de 2018 - 00:00

Bajo la apariencia de un libro que brinda consejos procesales para policías honestos que actúan dentro de la ley, se presenta el libro titulado “Cómo matar a un chorro y no ir en cana siendo policía”. El eslogan publicitario atrapa de inmediato con quien se choca con la tapa, en letras grandes y azules, con una bala inmensa y una gorra de fondo. Antes de hojear el libro uno supone que está ante una broma o bien un manifiesto escrito por un escuadrón de la muerte. 

Pero no, a poco que uno se adentra en el texto se encuentra con un fárrago de reglamentos policiales, reglas de tiro, profusa jurisprudencia y doctrina, citas al pié, que le sirven al autor para justificar su tesis central. Marcelo Soriano se presenta como abogado y entrenador de tiro experimentado que ofrece sus servicios a los buenos policías que matan “dentro de la ley”. Es decir a los policías que ejerciendo su deber, ajustician, pero pueden tener la mala suerte de quedar enredados en las telarañas de la justicia y hasta de cierto progresismo que los trata como ejecutores del “gatillo fácil”. 

El caso “Chocobar” es el disparador del libro, pues el autor se conmueve con el caso y motiva la auto-edición; siendo su tesis central que Chocobar sería un buen policía, pero aquel día estaba tan mal preparado por la academia de Avellaneda (“por ser un pitufo”-sic), que no queriendo matar, terminó matando. La tesis de la preterintencionalidad es la biblioteca que revolea el autor contra el equívoco criterio del exceso en la legítima que esbozó la Cámara del Crimen de la capital. 

De ese modo, el libro concluye con la importancia de que los policías tengan correctos entrenamientos para ejecutar a elementos sociales indeseables dentro del ejercicio legal y no en el error o en la maldad, y que luego, lo sepan explicar ante las autoridades sin caer en equivocaciones las que los puedan llevar. En el fondo la moraleja es esta: Ya lo saben muchachos, si no están bien preparados les puede pasar lo que al pobre Chocobar... Y cita a Sócrates; “El conocimiento os hará libres!”.

La verdad que en mis años de experiencia en la justicia, no conozco ningún policía que haya quedado atrapado en una telaraña kafkiana o que necesite de los buenos oficios de Soriano. Pues hasta el momento, en nuestro país la tendencia es que los policías que incluso ejecutan alevosamente por la espalda y son atendidos por defensores oficiales, salen por la puerta giratoria del “cumplimiento del deber” o la “legítima defensa”. Si uno se pone a contabilizar los casos, la semántica jurisprudencial ha sido más que benevolente y casi toda casuística se enmarcan en el “dentro de la ley” o apenas pocos casos en “exceso en la legítima”. Lo que expone a las claras un sistema dirigido a premiar el asesinato selectivo de ciertos sectores sociales.

En estos términos, el libro no aporta nada, y la apología de la legítima defensa que barrunta no es más que una apología de la violencia institucional selectiva en manos de supuestos justicieros legales con las patas dentro del caldo de cultivo de las peores ideologías reaccionarias. Es decir, en el fondo en autor del libro no existe, ni siquiera tiene entidad; el autor y su voz son el médium de la voz que reproduce el clima de época. (O)

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