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Ecuador/Dom.1/Ago/2021

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Ximena Ortiz Crespo

El cuidado a las cuidadoras

19 de junio de 2021 00:09

En abril de 2020, una amiga enfermera me llamó a contar lo mal que pintaba la situación en el Hospital del IESS del sur de Quito, el hospital más grande de la ciudad, donde ella trabaja. Estábamos experimentado uno de los momentos más altos de contagio de COVID-19, el hospital tenía 170 espacios para pacientes con la nueva enfermedad y 35 más para los que requerían cuidados intensivos. Todos los espacios estaban ocupados y había pacientes críticos y graves en lista de espera. La capacidad hospitalaria tuvo que ampliarse pronto, instalándose camas con tomas de oxígeno en la cafetería y, más tarde, con un hospital de campaña.

La situación se parecía mucho a la de una guerra a donde se enviaban a los soldados –que en esta ocasión eran las enfermeras– sin la protección y los protocolos que necesitaban para sobrevivir y ejecutar su labor. Los insumos escaseaban: no habían batas, mascarillas, visores, guantes, alcohol. Las enfermeras no eran suficientes, estaban abrumadas por el ingreso interminable de pacientes y las jornadas agotadoras de trabajo, conscientes del riesgo que corrían y de la muerte que acechaba a diario. Asustadas y confundidas seguían luchando.

No tenemos datos de cuántas enfermeras han muerto en la pandemia. La imagen del cuidado de salud no aparece en los medios. Los médicos monopolizan la pantalla. Los reporteros en tiempo de pandemia invisibilizan a estas heroínas igual que siempre lo hacen respecto a las mujeres. El país rutinariamente desatiende las necesidades de una de sus fuerzas de trabajo más crucial.

Si la COVID-19 tuviera efectos positivos, el más importante sería haber expuesto las tremendas fallas en el cuidado de la salud, incluyendo el hecho de que, aún antes de que la pandemia golpeara, las profesionales de la salud ya sufrían niveles tóxicos del síndrome de “fundirse” en el trabajo, lo que pone en peligro su habilidad para cuidar a los pacientes.

Esta epidemia nos ha mostrado aspectos de la manera en que se concibe el cuidado de la salud, la forma en que se lo gestiona y la necesidad de que se lo rediseñe. Para ello, deberíamos oír lo que dicen las mujeres que llevan la mayor carga del cuidado de la salud.

Como dice mi amiga enfermera, a pesar de los riesgos de tratar pacientes de COVID–19 y de la falta crónica de mascarillas y protección básica, ellas siguen al pie del cañón. En lugar de esperar por mascarillas que no llegaban, ellas mismas las fabricaron; muchas, que ya estaban jubiladas, volvieron a trabajar para ayudar, y otras hasta se han visto en la necesidad de aislarse en garages y hoteles para no contagiar a sus familias.

Ese compromiso conmueve, sobre todo cuando se considera que muchas de ellas no son felices en su trabajo. Si se hicieran investigaciones al respecto, seguro que los resultados serían similares o mayores a los que tuvo un estudio reciente de la Academia Nacional de Medicina de los Estados Unidos sobre las enfermeras, en el que se demuestra que hasta un 54% tiene síntomas de agotamiento, depresión y distanciamiento emocional. Otro estudio hecho por Medscape sostiene que una de las razones más comunes para el agotamiento son las tareas burocráticas irrelevantes.

Las personas que estuvieron por COVID-19 en el Bicentenario dicen que les sorprendió ver a las enfermeras sentadas detrás de los mostradores revisando miles de historias clínicas y partes médicos y escribiendo en ellos interminablemente a mano. En eso estaban la mayoría de tiempo. Resulta anacrónico que esa haya sido su labor cuando existen computadoras, paquetes y aplicaciones médicas informáticas para facilitar el trabajo. Esta situación la confirma mi amiga enfermera: dice que la mitad de la jornada se le va en llenar formularios.

Para mejorar nuestro sistema de salud, debemos hacer bastante más que reconocer el sacrificio que ponen las enfermeras al llevar la mayor parte de la carga del cuidado a los pacientes. Ellas son las que administran los medicamentos de forma oral o mediante vías; ellas ponen las inyecciones; ellas toman la presión y la saturación; ellas registran los datos; ellas son las que consuelan. En definitiva, ellas son la cara –muchas veces la única– del personal sanitario.

Después de la pandemia las enfermeras necesitarán recuperarse de la grave experiencia que han tenido. En este contexto de escasez de recursos y alto riesgo de contagio, los hospitales deben ampliar sus servicios también para dar apoyo a la salud mental de su personal. Una de las situaciones que no debe repetirse jamás es que las profesionales de la salud se vean forzadas a pedir insumos de protección como si fueran limosnas. Debemos hacer que sea sostenible su situación laboral, revisar si sus salarios son justos y conmensurables con la inmensa responsabilidad que tienen. La sociedad entera debe reconocer a las enfermeras –que son la mayoría de los profesionales sanitarios– la delicada y vital labor que realizan.

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