El conjuro de la palabra y el fuego del amor

23 de febrero de 2012 - 00:00

Pedro Gil asevera que la poesía es una bendición. “La poesía es la más hermosa de las mujeres que, con su caminar elegante, tiene que salir ilesa y bella de los callejones del infierno”, sentencia.

Esa bendición que desmitifica la condición del hombre en toda su dimensión. Una especie de confesionario de los sentidos en la brevedad del tiempo.

La poesía es esa condena a la que está expuesto el versificador, que viene a ser lo mismo que el asesino de las palabras. A través del conjuro de las ideas el creador despliega en el papel el desgarro de las horas siniestras. La composición poética tiende a desnudar los signos de la vida en sus múltiples connotaciones, sin veladuras ni cerrojos, de manera traslúcida y descarnada.

Freddy Peñafiel confiesa que el “hecho poético sabe a ciudad, a ternura y a la búsqueda de las palabras precisas para poder decir lo que no se puede y se debe palabrear, lo sagrado […] El amor, el desamor, las lecturas, la vida vivida, el cine, la música, la magia, los abuelos, las mujeres, la vida, un café, dos, tres, un tabaco, los amigos… la poesía tejiéndose como colcha de pueblo, con retazos de colores, de todos los colores”. La poesía es, entonces, la suma de los colores que se vislumbran en la plenitud del horizonte. 

Por su parte, Carmen Vascones afirma: “La poesía es una constancia del abrazo entre la composición y descomposición, entre la destrucción, construcción y reparación, entre la muerte y la vida, entre el cielo y el fuego, entre lo bestial y humano, entre la nada y la palabra. Entre tú y yo”.

El juego macabro de las letras en el blanco papiro se identifica vehementemente con la fogosidad amatoria. Como insiste Gil, la poesía, como el amor, salva. Aunque Euler Granda exprese la antípoda de aquel eterno sentimiento: “El amor/ no es más que el desamor con piel de oveja”.

Y, en el resplandor de los cuerpos desnudos, el lenguaje erótico se desprende con evidente fuerza, como lo inquiere Aleyda Quevedo: “Cuidaré tus pájaros/ pero me niego/ a hacer el amor en la jaula”. O este texto recuperado del fuego carnal: “…Acabo de entender/ qué sencillo es caer/ y regresar a la vida/ Caer en tu astro/ en tus piedras/ desplegar el interior de mi vientre/ y encontrar el reposo/ en esta enredadera de amor”.  

En tanto, Ariruma Kowii, desde la cosmovisión andina, sugiere: “El amor no es solamente/ caricias y besos/ el amor no es solamente/ palabras y promesas/ el amor, el amor/ es sobre todo/ contemplación y silencio/ mucho silencio”.

Ese mutismo que requiere el poeta en el acto íntimo que deviene de la construcción de metáforas, en la jornada introspectiva que sobreviene a través de la reconstrucción de alegorías en el escenario natural, en donde los tótems son testigos milenarios de la perpetuidad literaria.

En el tráfago de nuestra tragicomedia, la poesía se impone más allá de lo tangible, como testimonio de los amaneceres interminables. Aquel cántico vital se multiplica en febrero: mes dedicado a los desdichados de espíritu, a los mercenarios del corazón, a los sobrevivientes de los latidos intensos, a los amantes poseídos de placer y melancolía. Poesía y amor van juntos de la mano derribando muros y haciendo de este mundo un lugar habitable.

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