El chekista deseado

- 11 de marzo de 2015 - 00:00

Los chekistas producían una mezcla de respeto y temor en sectores de la sociedad soviética; también odio, aunque este sentimiento fue minoritario y muy publicitado. El desbarajuste burocrático de la década del 70 ganaba en desencanto a la generación de posguerra, en las comparaciones de vitrina entre los dos sistemas políticos el socialista perdía, pero respondía con ideología al oropel de neón. La desazón social mordía como perro con hambre el entusiasmo por los triunfos militares (la Gran Guerra de la Patria contra el nazismo) y científicos del socialismo (primeros satélite, hombre y mujer colocados en el espacio). Menguado el lustre de esos resultados, de boca en boca se fortalecían habladurías sobre insólitos privilegios, corrupción desbordada y falsos logros económicos. En los más convencidos rondaba una contrariada idea romántica de otros tiempos, quizás mejores, establecer cierta gestión severa del bolchevismo primario. Aquellos más decididos remataban con el remedio de gobierno: “¡Que vengan los chekistas!”.  

Fue muy popular eso que los únicos habilitados para salvar al socialismo debían ser ellos. La leyenda de héroes incorruptibles y apasionados, además de patriotas, creó el mito del chekismo como ese colectivo casi por encima del bien y del mal que se las sabía todas y completas, la aureola de combatientes eficaces contra todo lo malo del sistema se desbordó en las habituales conversaciones del té entre familiares y entre amistades. Yuri Andrópov, el chekista deseado, apenas comenzaba a rehabilitar el aparato de Gobierno cuando se murió, el 9 de febrero de 1984, con él debió perderse la oportunidad de obtener mejores resultados de lo que pocos meses después se llamaría perestroika.

A los chekistas del desparecido Comité para la Seguridad del Estado (KGB, por sus siglas en ruso) se los caracteriza, en el cine y la literatura, de insensatos, idiotas e inmorales; bueno, no irán al paraíso, si esa es la medida de todas las conductas humanas. Por el embutido mental e ideológico se parecería al Mossad israelí, desconozco en las acciones de campo, tenían (o aún tienen) unos firmes principios ideológicos y un activo nacionalismo ruso. Los chekistas no eran los más radicales ni quienes se llenaban la boca de artificios fraseológicos, era gente culta, aguda capacidad de análisis, convencida de la superioridad nacional soviética (o rusa) y fino talento operativo. Vladimir V. Putin no tuvo el entrenamiento del político profesional; de sus primeros años en el Gobierno ruso quedan anécdotas de algunas ingenuidades, pero se recompuso con rapidez, ahora es lo que antes fue, de aburrido laconismo a ‘expeditivo hombre de acción’.

Peter Truscott, en Vladimir Putin, líder de la nueva Rusia,  Edit. Ateneo, 2005, escribe: “Putin no es un individuo único. Como él mismo dijo, es un típico producto de la educación patriótica soviética. Es también el típico exponente de una generación de oficiales intermedios y cultos de la KGB”.