Una pausa para retomar valor

- 31 de agosto de 2018 - 00:00

“¡Agárrese de donde pueda!”… Bien podría ser la frase del momento mundial con tantas guerras, tanta migración, tanta preocupación por el cambio climático, tanto caos que se cierne sobre América Latina. Sentimos que los problemas y las necesidades cotidianas nos llevan irresistiblemente a donde no queremos ir. Nos invade la impresión de ir sin rumbo, sin sentido y sin alegría.

Pero nace siempre en nosotros el deseo y el sueño de una vida mejor y feliz. La dureza de la vida nos limita mucho. Si no queremos hundirnos en el sinsentido y caer en la mediocridad y la desesperanza, tenemos que buscar la manera de controlar todo lo que hacemos.

El camino para encontrarla está en el dar sentido a todo lo que hacemos. ¡Cuánta tristeza a veces se acumula en nuestra vida y cuánta tristeza vemos en los que nos rodean! Por eso es bueno de vez en cuando hacer una pausa y preguntarnos: ¿A dónde voy, qué sentido tiene lo que hago? Los animales viven “a la buena de Dios”. Lo que nos diferencia de ellos es la conciencia que tenemos de nuestra existencia y de su sentido o sinsentido.

Dar sentido a la vida es decidir cómo vamos a vivir en vez de dejarnos llevar sin pensar, hacer como todos los demás, obedecer pulsiones y deseos del momento, seguir las últimas propagandas… Dar sentido a la vida es mirar cómo viven los que nos rodean y por qué son tristes o felices: la felicidad es la recompensa de nuestra lucha sobre uno mismo y todo lo que nos ocurre.

Dar sentido es descubrir la manera propia de actuar según nuestras capacidades: cada uno somos únicos con nuestros talentos y nuestra vida no se debe parecer a la de nadie más que a nosotros, porque podemos construirnos humana y fraternalmente.

Dar sentido a nuestra vida es preguntarnos en qué podemos ser útiles a los demás porque todos somos necesitados de los demás y dependientes unos de otros: los demás nos ayudan a vivir, crecer, amar, trabajar, salir adelante… Así llegaremos a ser humanos y sentirnos felices. Jesús nos repite como a sus discípulos: “¡No tengan miedo!”. (O)

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