Dios es redondo

- 09 de septiembre de 2015 - 00:00

¿Todavía lo es? Este jazzman, como hincha cimarrón, no gambeteará la pregunta e invita a pararse detrás del instrumento idolátrico y esquinear un conversatorio sobre eso que nos hace colgar afiches de futbolistas al lado del Sagrado Corazón de Jesús; guardar camisetas autografiadas y estaríamos al borde del asesinato si alguien no le da un trato reverencial; archivar las crónicas de hazañas futboleras; el día bendito del partido de fútbol se elige con fanática radicalidad, la nerviosa soledad o el alborotado tribalismo. Homo futbolensis  la última evolución del sapiens mediante la redonda.

El título es una deuda con Juan Villoro y es la metáfora perfecta de este inclasificable deporte; es algo más, podría ser la sublimación dominical o sabatina de nuestras soterradas ambiciones bélicas o las incombustibles emociones del pleistoceno.

El fútbol nos humaniza hacia atrás o hacia adelante, lo único actual es el balón en movimiento. Jorge Valdano definió al equipo futbolero como un estado de ánimo, justipreciación que solo pudo haberla hecho un sentipensante clásico del balompié.

Ese radiactivo estado de ánimo contagia a la gente de las tribunas y a quienes padecen el doble por el limitado escenario de la claraboya LED, como sea, ese invierno emocional saca aquello que la gente ha domesticado los anteriores seis días de la semana y ya. El árbitro es el enemigo favorito, el futbolista que se descacha es objeto de las peores burlas, el equipo contrario es lo contrario de la masculinidad testosterónica y de ahí a la eventual trifulca media el silbido final del juez.

El dios está enfermo, ya tiene funestas fases de conversión en poliedro; el movimiento, su cualidad primordial, se está perdiendo por la quietud infractora de los futbolistas. La muerte de un capitalista no hace peligrar el capitalismo, así mismo, las travesuras de los jerarcas de la FIFA no ponen en riesgo la mística futbolera, pero la conspiración de la quietud de los balompedistas esa sí es una amenaza y para el insomnio de los dioses. Francisco Maturana dijo que lo más importante en el fútbol es el balón, luego los futbolistas.

Tiene razón, un balón en la calle invita a la patada o a las cascaritas, así comienza la cosa hasta llegar a los goles; pero esa cosa redonda será idolatrada si es conducida, con arte y decisión, por el futbolista (mujer u hombre).

Eduardo Galeano, el mejor ‘pata de palo’ de todos los tiempos, advirtió que se está perdiendo la esencia emocional del fútbol, porque los futbolistas están haciendo el triste recorrido del placer al deber. Él dio la sentencia condenatoria: “Se juega a no perder”.

Ya es un estado de desánimo, con el primer gol los futbolistas se tiran al piso por cualquier pendejada, discuten cada decisión arbitral y hasta el intercambio es un ceremonial de gandulería. La hinchada se desinteresa y prefiere el fulbito de la cancha barrial o amargarle la vida a la familia por la falta dominical de balompié decente. (O)