Desencantado con la democracia

- 02 de agosto de 2018 - 00:00

En la edición de junio 2018 de Selecciones del Reader’s Digest (sí, todavía leo esa revista y me gusta hacerlo desde 1957 cuando mi abuelo me compró mi primer ejemplar) encuentro una muy interesante reseña del libro de José Woldenberg, filósofo e investigador mexicano en el campo político: “Cartas a una joven desencantada con la democracia” que empieza con un agradable concepto que dice: “La democracia es un conjunto de reglas que intentan traducir en términos reales algunos valores importantes como la paz, la pluralidad, la libertad, la igualdad; lo hace mal, muy mal, pésimamente mal. Pero hasta ahora, sin esas reglas, no han existido más que tiranías, dictaduras, autocracias, totalitarismos, que resultan, por lo menos, mucho peores que la peor de las democracias…”

¿Qué les puedo decir? Yo no soy joven, pero estoy absolutamente desencantado con la democracia; más bien harto de que en aras de defender la democracia, engañen y exploten al pueblo. Y es que no es la democracia la que me hastía, son sus instrumentos que la hacen posible: partidos y movimientos, políticos, gobiernos, congresos y asambleas. Y por supuesto, ya me asquea la política, que siendo una actividad necesaria para darle cauce a la vida pública, ya está por demás desprestigiada.

Y nada me agradaría más, a esta altura de mi vida, que darles la espalda a los asuntos públicos y replegarme hacia la vida privada y ser feliz con mis nietos (como cuentan que quiere hacerlo un político guayaquileño). Pero hay una gran verdad, cuando uno se autoexcluye, serán otros los que tomen las decisiones. No hay escape.

Lamentablemente llegamos a pensar que la democracia finalmente es algo anodino, de menor cuantía, de la cual podríamos prescindir fácilmente. Nos damos cuenta de que nadie en realidad puede hablar en representación de todo un conjunto tan grande y contradictorio como es la sociedad; pero con mucha facilidad políticos, líderes sociales y lo que me concierne a mí directamente: periodistas, académicos y empresarios nos llamamos portavoces del pueblo, al que conocemos muy poco.

Lo malo es que los dictadores de las revoluciones revolucionarias, también hablan por ese pobre pueblo. Parece que no nos queda más que aceptar este remedo de democracia. (O)