El desaliento de Dios

- 03 de diciembre de 2019 - 00:00

Es domingo y el sol muerde la piel de la mañana. Me encuentro en un mercado popular de Guayaquil buscando objetos que me buscan. Me he encontrado de todo en el devenir. Vendedores de serpientes, de dragones domesticados; gatos faranduleros que cantan la suerte. Todo está bien, es normal y compras lo que pagas.

Hasta que me encuentro con un predicador evangélico, veinteañero, con un parlante que hasta Dios se espanta por su volumen: fuerte en la palabra que invita a aceptar nuestros pecados, nuestros actos en contra de Dios. Todo un show. Expone su fe para salvar almas.

Me es indiferente su mensaje porque no creo en nada de lo que dice. No me conmueve, no me llega, no me convoca, las siento como palabras que dejaron de influir en mí para un renacimiento. De tanto repetir las palabras santas han dejado de tener su grandilocuencia. Las siento así: una religión en crisis con un mensaje que no llega a la sociedad actual sofisticada en avances tecnológicos y científicos.

“Yo soy Dios”, dice el pastor en un momento clave. Habla y grita, recuerdos de hace dos mil años y nos invita a seguir pagando la muerte del Salvador. “Murió por ti y por mí”, nos dice. Nadie se detiene a escucharlo con atención. Él insiste: “El pecado reina y se irán al infierno”. Habla su violencia mientras que la gente compra sus cosas para Navidad, para el año nuevo. La alegría está ahí en la esperanza de lo que viene. No reina el pecado sino la tranquilidad de vivir la vida.

La eterna soledad del hombre ante el porqué de su existir y de su estar aquí. Las respuestas religiosas se han perdido. Rituales gastados y ahora Dios tiene un ejército de pastores a los cuales mantener y sobrevivir. ¿Qué une al hombre con Dios? Todo lo que nos rodea sigue siendo un misterio.

El tiempo, la existencia, la muerte, la crueldad, la paz. ¿Los hombres necesitamos a Dios? No hay dónde esconderse de las preguntas vitales. Dios es un drama imponente. Quizás quiere una respuesta. No la tengo, no sé si exista. Sigo caminando. Soy solitario, pero no vivo aislado. “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Ese canto es un yo soy matemático: yo soy con el otro, para el otro, estar con el otro. Amén. (O)

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