Exigir un derecho

- 31 de julio de 2018 - 00:00

En casi todos los contextos latinoamericanos o europeos, los medios públicos son financiados por el Estado. Ecuador, que aún transita una fase temprana, con muchos errores probablemente, no debe ser la excepción.

Por eso hay que encarar al Ministro de Finanzas para que entregue oportunamente los recursos necesarios y suficientes a los medios públicos, que son los que le acercan a la gente, al pueblo, un derecho, así proclamado, en hora buena, por la garantista Constitución ecuatoriana. La información -como la educación, y la misma salud- es un derecho que nadie debe negarle a la gente. Hacer lo contrario, no exigir con la convicción necesaria esos recursos, podría significar que no se cree en esa conquista. Está claro que en esta lucha no se podrá contar con el apoyo de los llamados medios privados, porque para ellos los públicos son una anomalía, un estorbo, no porque disputan los mismos espacios, los mismos niveles de sintonía, las mismas audiencias; el tema es que de todas maneras el escenario lo debemos compartir, desde la perspectiva ideológica, entre distintos. El relato único, que desde los inicios mediáticos de Ecuador se dio sin contestaciones, narración monopólica y masiva, ahora se siente amenazado por esta iniciativa que debe tender a lo popular más bien.

El detrimento presupuestario que han sufrido los medios públicos, malsanamente mezclados con los incautados, ha devenido en deterioro de la programación. En la grilla pululan los refritos sin renovación, sobre todo de la franja infantil que fue como la gran característica de la televisión pública.

Ha habido una suerte de trampa desde el Gobierno anterior, cuando se le dijo a Rafael Correa lo de la autosostenibilidad, se lo dijeron aquellos funcionarios que hablaban más del negocio (Jorge Wated lideró el engaño); gran mentira que fijó metas que nunca se cumplieron porque se debía salir al mercado a atraer a las marcas globales, con presupuestos enormes, propios de ese mundo de la propaganda. Lo público debía construir una lógica distinta, con ritmos y tiempos que permitan el análisis y la reflexión de la sociedad en la que estamos inmersos. El vértigo de la entrevista mañanera, machacada desde hace años en la televisión comercial, con muy altas cotas de mediocridad, reiterativa, atropelladora, ha devenido ejemplo de lo que ya no se debería hacer. Lo público mediático, que se lo ha querido asimilar con lo aburrido, debe manejar otros tiempos, eliminando los estereotipos y los prejuicios.

Hoy no se ha salido de la trampa, quizá ha sido acentuada, con una lógica que no se sostiene: mientras se devuelven millones en impuesto a las grandes fortunas, se niegan recursos mínimos a los medios públicos. (O)  

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