Deber fronterizo

- 21 de agosto de 2018 - 00:00

La situación en Venezuela sigue deteriorándose y se irá complicando. ¿Por qué Venezuela vive hoy semejante calamidad, como de guerra, con cientos de miles de desplazados? Seguramente obedece a muchas causas, una de ellas es la intervención imperial que no ha cejado y que, sobre todo, busca controlar las riquezas de ese país que desde hace mucho vive lo que algunos han llamado la maldición de la abundancia.  

Lo cierto es que hoy ese drama ha tocado con fuerza a nuestra puerta. No podemos actuar con recetas burocráticas, con órdenes entre funcionarios ministeriales que, desde un escritorio, dictan normas que solo profundizarán aún más los graves problemas de derechos humanos que en la frontera se están multiplicando.

Ecuador proclamó la ciudadanía universal, está recogida en nuestra Constitución, no como bonito texto; está ahí para celebrarla precisamente en momentos de crisis. Tenemos una ley de movilidad humana que busca proteger a toda persona en riesgo porque ha debido desplazarse.

Ecuador ha tratado, según la misma Naciones Unidas, de manera ejemplar la situación del refugio. La geografía no nos deja escoger, estos dramas de Colombia, y hoy Venezuela, países de la región, fronterizos y con historias compartidas, son comunes ante las enormes injusticias sociales que vivimos, sobre las cuales se han asentado incluso nuestras ideas de democracia.

Democracias de la inequidad, con precario funcionamiento, injustas, que se rompen con mucha facilidad y que, también a nosotros, nos ha hecho generar interminables diásporas.

No podemos darle la espalda a lo que viven hoy los migrantes venezolanos, exigirles pasaporte significará -se comprobará muy tempranamente- ponerlos en manos de las peligrosas redes de trata de personas, entonces todos sus derechos serán violentados, atropellados. Ecuador debe actuar con mucha sensatez y sensibilidad y sin la trampa fácil de la xenofobia; los niños y niñas, todas las mujeres y hombres que en esa línea de frontera se están jugando el elemental derecho a la vida, se merecen la más grande solidaridad que seamos capaces.

Las mesas de diálogo que tantas instituciones de derechos humanos han propuesto deben ser activadas, escuchadas. Esa es ahora una prioridad nacional, lo demanda también tanto ecuatoriano que debe regresar.

No es momento de miserias, y sería miserable que hoy no se asignen recursos suficientes a todas las instituciones nacionales que deben movilizarse a la frontera norte. Hay que atender a tanta gente que hoy reclama una pizca de humanismo. Esa es una orientación política que no puede estar en manos solo de finanzas: demasiado traje y corbata para algo que exige, en medio de este esperanzador desorden, sudor y calor humano. (O)

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