De objeto sexual a esposa insoportable y liberada parlanchina

04 de abril de 2011 - 00:00

Columnista invitada

No sorprende que el sexismo, como forma de exclusión, discriminación o agresión, esté presente en la televisión ecuatoriana. Y de su programación no me deja de sorprender la creciente imagen de la ‘esposa insoportable’ y los ‘tés de mujeres parlanchinas’. Ese tipo de esposa grita, pelea, cela, domina, ordena y reclama constantemente aprovechándose del síndrome premenstrual para lanzar toda la rabia acumulada contra este hombre –hijo– adolescente que la detesta y es incapaz de asumir las responsabilidades que implica un compromiso.

Ridiculizadas al máximo bajo el letrero de ‘pareja feliz’ se banaliza la violencia que es nefastamente cotidiana en el país y se normalizan los estereotipos del macho harto de la esposa, que vive con los ojos puestos en la carne fresca de jovencitas y el de la mujer insegura de sí misma, que persigue y controla. Esta pobre mujer se siente siempre amenazada y por el miedo a perder a su hombre busca mecanismos para complacer sexualmente al huidizo macho con quien eligió casarse.

Punto aparte es esta especie de convocatoria a la “liberación femenina” que actualmente proponen varios canales de televisión. Con programas en los que las mujeres protagonizan una seudo reivindicación de su derecho a hablar y expresarse, como en el ‘té de amigas’, desde el desparpajo, la vulgaridad, la exhibición de ignorancia de temas relevantes, pretenden convencernos de que así somos, somos las de Venus, o somos las divas que llevamos “los pantalones en la casa”.

Me pregunto, ¿qué será aquello que hace que los medios televisivos sigan tratando a la mujer como cosa sexual, florero parlante, esclava de hogar o muñeca tonta?, ¿qué será lo que hace que se ignoren las capacidades, el pensamiento y la dignidad  de las mujeres?  La respuesta de siempre es: esto es lo que vende. Quizás, pero yo no lo compro.

Estas y otras consideraciones  tendrían que entrar en juego y al debate en la futura Ley de Comunicación para lograr una programación respetuosa de los derechos de las mujeres, los hombres, los niños, las niñas y los adolescentes de este país.

Ya no sueño con que un día los medios de comunicación “recapaciten” y por obra y gracia del dios de la publicidad se reivindiquen y asuman su responsabilidad social con algo de programación dignificante también. Ya no sueño con que “los creativos” un día se vuelvan autocríticos  y propongan piezas que cuestionen y no que repitan estereotipos