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Ecuador/Mar.28/Sep/2021

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Mariana Velasco

De dónde no venimos

17 de marzo de 2021 00:00

Con o sin razón, lo peor que le ocurre a la prensa libre, son las amenazas de prontuariados, ataques físicos, verbales y a la honra de quienes investigan y difunden con hechos, la verdad, sobre todo de casos de corrupción. Lo segundo, son las audiencias de lectores, escuchas o televidentes bien intencionados que dicen cosas como “gracias por lo que hace’’. Pero cuando algunos de ustedes, dan las gracias a un periodista, alimentan los peores instintos: el de convertirlo en parte de la historia y el de decirle exactamente lo que quiere oír.

Es el camino a una peligrosa tentación en un momento en el cual, la prensa libre está bajo máxima presión. Por supuesto, algunos de mis colegas que reportan en primera línea, merecen verdadera gratitud al correr riesgos físicos y psicológicos para conseguir información.

Ingenuo es pensar que todo político no reconoce y valora el deseo de los medios de comunicación de protagonizar su historia para tratar de aprovecharlo, al combinar el periodismo político, tenaz y a menudo reveladora labor de informar. Dada la coyuntura que vive nuestro país, hay cosas que el periodismo puede hacer sobre este mes de campaña para resistir los impulsos más autoindulgentes; producir un gran periodismo y mantenerse fuera de la boleta electoral. No sería dable poner la marca de los medios de comunicación en abril 2021.

Y qué decir de algunos políticos que pretenden hacer creer que son los periodistas los que acusan y no la justicia la que actúa. Basta leer algunos tuits de un par de ex presidentes, donde el uno asegura la inocencia de sus hijos y amenaza a la periodista con una demanda penal; el otro, ataca y ofende a mujeres y líderes de movimientos sociales y colaboradores del gobierno de su ex vicepresidente, a quienes dice, le gustaría verlos presos.

Aprendimos con el ‘revolucionario’ ex mandatario cuyo don fue la polarización y llevó a muchas personas que lo aman, a odiar y deslegitimar al periodismo porque jamás le hizo el juego ni le rindió pleitesías. No lo amó tampoco lo odió. Solo hizo su trabajo en medio de un constante teatro de moralidad sobre la verdad, en el cual los periodistas cuestionaron las mentiras, mientras él se deleitaba deslegitimándoles. Fue también revelador como expuso su antagonismo particular ante las preguntas directas de las periodistas mujeres.

Los periodistas tenemos claro de dónde venimos y de dónde no. El periodismo tiene su propia ideología extraña que no siempre coincide con un partido o movimiento. Que usted, el público, debe saber en lugar de no saber, que la luz del sol es el mejor desinfectante, que los secretos son malos, que el poder merece ser desafiado, incluyendo el poder de las figuras que la mayoría de nuestras respectivas audiencias admiran y que las historias apremiantes necesitan ser contadas. Pero esos valores raramente son la razón real por la que le gustamos a alguien, o la dirección en la que los elogios nos arrastran.

Si es un lector, puede disfrutar el periodismo, apreciar su papel en una sociedad libre y resistir la búsqueda de héroes que derriben a los malhechores y salven nuestra democracia.
La alternativa a los héroes son las instituciones fuertes y el reconocimiento de que las personas que trabajan en ellas son humanas. Los periodistas son trabajadores normales cuyos puntos fuertes están a menudo conectados con lo que en otros contextos parecerían ser defectos de la personalidad: obsesión, desconfianza y apetito de confrontación.
El periodista, no siente la necesidad de gustar. Seguramente usted no le quiere a él/ella en su cocina porque puede hacerle escupir el café pero quiere que haga esa entrevista.

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