Cuando se cae el alma

- 06 de diciembre de 2017 - 00:00

Este jazzman no necesita explicación adicional de Roberto Bonafont autor de la metáfora del desaliento: “Se me cae al alma al piso”. Comprometidos con la física clásica de Isaac Newton se pensaría que en este planeta nada cae para arriba, salvo el alma, por su habitual levedad, menos cuando la sobrecarga de pesadumbres por las derrotas acumuladas dañan su ingravidez. ¿Las lluvias son ánimas en estado material líquido? Aunque venimos de allá abajo siempre regresamos, porque el cimarronismo militante es circular y se vuelve al punto de partida a verificar esas breves revoluciones colectivas o individuales.

Unas se sientan a esperar el fin de la injusticia y otras también sentadas las resisten. Rosa Parks desafió la segregación racial del sistema político estadounidense con la tranquila potencia de su sencillez.

Fue el 1 de diciembre de 1955, Albert Einstein había fallecido siete meses antes y como si nada había dejado esta conseja: “Una vez que aceptamos nuestros límites, podemos ir más allá de ellos”. Los límites de Rosa Parks y de millones de personas negras de la diáspora afrodescendientes eran (o son) la tolerancia con las variables matemáticas y físicas de las injusticias. Esas que tumban el ánima y esclavizan el ánimo.

El racismo ecuatoriano y de las Américas es cuantificable por atrasos educacionales, sociales y despojo territorial, es decir, un conjunto de variables que, con frecuencia, nos alcanza el doctor John Antón Sánchez.

Rosa Parks es el pretexto heroico para, mediante la justa comparación, no dejar en el anonimato a millones de mujeres negras que, sentadas o levantadas, producen torbellinos de cambios en nuestras comunidades. Esas que en Playa de Oro, en la Trinitaria o en el Valle del Chota cuando se les cae el alma al piso no la recogen, más bien reinventan ánimas sustitutas con nuevos portentos. Como se llamen, Débora Nazareno (la abuela de Juan García), Alexandra Escobar, Barbarita Lara y muchas más. Y un axê. (O)