Crimea: más de una arista

- 21 de marzo de 2014 - 00:00

Tenemos, como sociedad, una cosmovisión de la política internacional bastante homogénea. Desde la prensa, desde nuestra cotidianidad, hemos aceptado como inequívoca la unipolaridad ideológica occidental, la democracia liberal y el individualismo. Y cualquier elemento que ponga en peligro esta estabilidad ideológica es, sin matices, una amenaza. La separación de Crimea de Ucrania y su anexión a Rusia, después de semanas de inestabilidad política, fue, para los analistas, el recuerdo de un mundo post Guerra Fría, bajo la latencia de la Unión Soviética.

Es la ambición rusa, dijeron. La sed de expansión imperialista de Vladimir Putin. Puede que sea así. Es como si nuestro discurso diario, tanto desde los medios como desde la cotidianidad, fuera escrito por el Departamento de Estado. Sin caer en la relativización, sería importante que, por una vez, Occidente, con nuestro propio imperio a la cabeza, deje de percibir al mundo en una dicotomía del bien y el mal, nosotros y ellos, civilización y esas formas de gobierno menores. Nos evitaríamos, por ejemplo, la amnesia selectiva del secretario de Estado de los Estados Unidos, John Kerry, cuando comentó, sobre la movilización militar rusa cerca de la frontera de Ucrania, que “uno simplemente ya no invade otro país bajo un pretexto falso, para hacer valer su propio interés”.

No es solo que el comentario venga del representante internacional de un país que se ha pasado buena parte de los últimos 10 años invadiendo Medio Oriente; ni tampoco que venga de un exsenador que, además de votar a favor de la invasión a Irak, defendió su decisión cuando se lanzó para presidente en 2004. Es todo un discurso que se construye a partir de esta noción del excepcionalísimo norteamericano, y que hemos aceptado como verdadero e irrevocable. Un excepcionalísimo que otorga, además, superioridad moral.

Putin recordó al mundo que uno puede ser un bully internacional sin necesariamente ser de Occidente. Que dos dentro del G-8 pueden usar las mismas excusas. Y que la historia no deja de ser un tema de percepción. Peter Baker, del New York Times, escribió que “la decisión del presidente Putin de arrebatar Crimea a los ucranianos, amenaza marcar el inicio de una nueva y más peligrosa era”, mientras que el Vicepresidente de EE.UU. lo calificó como “nada más que una apropiación de tierras”. El mismo NY Times mostraba parte de un discurso del presidente Putin, donde justificaba las acciones de Rusia en Crimea, señalando las pasadas ‘intervenciones’ de Occidente.

Se ha cuestionado la legitimidad del referendo donde se votó por la secesión de Crimea. Un referendo entre tanques, rifles y soldados rusos, según Lucian Kim, de Slate Magazine. Lo que no han atinado a mostrar, más allá de resaltar los evidentes intereses que Rusia tiene por controlar y expandir su entrada a Europa, es la otra parte del discurso ruso. La que recuerda a los 3 millones de ucranianos que en 2013 emigraron a Rusia. Del extremo legalismo, pulcro (casi sospechoso), con el
cual actuaron. Y que, en definitiva, fue bajo la misma figura -una secesión por referendo- que Ucrania se separó de Rusia.
Porque la historia tiene más de una arista.